Duende en tocón

Al estar compuestos de materia más sutil que física, permanecen por lo general en la invisibilidad y cuando desean manifestarse a un ser humano lo hacen en horas que no hay luz solar y en su aspecto habitual: un hombrecito grotesco, vestido a la usanza de la época en que se deja de ver y de una altura que oscila entre los veinte centímetros y el metro y medio.

La transformación de estos seres en otras variadas formas, sobre todo de animales, es algo característico del mundo del que proceden, debido a la materia etérea de la que están compuestos. En nuestro mundo material todas las formas son estables y no suelen cambiar con facilidad, pero en el mundo astral o mundo de los deseos es muy distinto porque, según afirman casi todas las doctrinas herméticas, allí las formas cambian a voluntad de la vida que las anima y los elementales en general, como habitantes de ese plano, poseen esta facultad aunque suelen inclinarse siempre por algunas muy concretas y predeterminadas

Debido a estas circunstancias, es difícil clasificar a estos pequeños seres, principalmente porque en ocasiones es casi imposible rastrearlos y mucho menos distinguirlos de otro tipo de manifestaciones (como las apariciones fantasmales) y, sobre todo, porque su recuerdo se ha ido perdiendo de manera paulatina en muchas zonas y regiones del mundo.

A pesar de todo, existe una variedad increíble de duendes, aunque su número ha disminuido, toda vez que también a ellos les afecta el progreso de los hombres. En lugares alejados de las ciudades todavía es posible encontrarlos y, sobre todo, sentirlos, incordiando a los pobres campesinos que tienen la desgracia de que su casa les resulte atractiva.

Del libro Seres y Lugares en los que usted no cree, de Jesús Callejo y Carlos Canales (Editorial Complutense, Madrid, 1995)


© De las ilustraciones 1998 Chema Gutiérrez Lera // Web del ilustrador