CELLA (Teruel)

Antiguo lugar el de Cella, que fue ciudad en los albores del 1.100. Llamáronla por entonces Azehla, y della tuvieron noticia grandes personajes, como el Mío Cid, que la cabalgó a lomos de Babieca para someterla casi al fin del Cantar del Destierro, tras conseguir el tributo de Daroca y Teruel, de la que dista tan sólo 21 kilómetros. Villa la llama el Rey Jaime I, y el II Jaime la dona sin darla, pues tras ceder a Pedro Jiménez de Iranzo tres torres de Cella lo hace con la promesa de que tornen a la Casa Real a su muerte, y así sucede, recuperándola Pedro IV de Aragón.

El Anónimo autor de las aventuras del Cid habla de Cella, la del Canal, pues su fama le viene por ser cuna del Río Jiloca. Dicen que la Fuente de Cella es el mayor pozo artesiano de Europa. Pero pocos conocen el legendario origen de las surgentes aguas, en cuyo interior se oculta el trágico final de un espíritu condenado por dar muerte, llevado de los celos, a una joven doncella. Un rayo fulminó al fantasma, horadando la tierra y haciendo surgir las aguas.

El eje de la fuente (en la imagen) mide en su parte máxima más de 33 metros, y 24 metros el eje menor. El perímetro total del pozo es de más de 100 metros. Las aguas, que han llegado a alcanzar un aforo medio de 6.700 pies cúbicos por segundo, van a dar al llamado Río Madre, del que procede el Jiloca.

LOS TEMPLARIOS

Hay quien asocia el origen del Pozo de Cella con los Templarios, allá por el siglo XII. Fue el Obispo Torroja quien concedió licencia a la Orden del Temple para que reconstruyeran el pueblo en 1177. Los monjes guerreros se establecieron en la plaza fuerte del Castillo de Cella. Sobre una suave colina, todavía hoy pueden recorrerse las ruinas del castillo, muro y base de un torreón rectangular. En 1333 todo el pueblo fue amurallado.

Un siglo despúes, Cella fue refugio de la Inquisición turolense y de las tres ermitas existentes, una de ellas está dedicada al inquisidor Pedro de Arbués.

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