Armillas 11

cronista

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     Tengo la impresión de que siempre nos recomiendan sitios interesantes para visitar, con otra finalidad que no es la que en realidad nos cuentan. Mucho hablar de entornos y lugares con encanto, hotelitos perdidos, gastronomías escasamente locales y adornos lingüístico-literarios, aderezados con vistosas fotografías amablemente realizadas, para apuntalar una oferta que siempre se traduce en una intención final cual es que nos dejemos el dinero, cuanto más mejor.

     Anticipo que el lugar que presento en estas fotografías, situado en Aragón (España), a caballo entre las provincias de Zaragoza y Teruel, accesible desde diferentes puntos, como muestra el mapa al final de la serie, pertenece a la categoría, cuando menos en mi opinión, de lugares "encantados", que no es lo mismo que "con encanto".

     Se trata de un paraje casi despoblado, pero donde, a poco que te detengas a mirar, encontrarás, no un sitio interesante, sino varios; donde podrás ver cómo y dónde han vivido algunos a los que tanto debemos hoy y cómo hemos llegado a ignorarlo.

     Llegar a Armillas (Teruel-España), requiere alejarse de caminos más o menos transitados, adentrarse en una zona montañosa, ya con cierta altura, y con el aspecto de un entorno escasamente tocado por la mano del hombre, por el momento.

     Prefiero la entrada desde la provincia de Zaragoza (A-222), donde la montaña se traga materialmente la carretera, no sólo por el estado en que se encuentra y su trazado, sino porque se mete en un valle cerrado al frente por un murallón de roca, del que uno no entiende cómo se puede cruzar.

     Pocas construcciones y mucho campo libre en este primer tramo, con refugios pegados a las laderas que se funden con el color del monte. Barro, piedra y maderos configurando alojamientos para la vida cotidiana de otro tiempo, sin que los años hayan podido con esos muros, derruidos a medias por el abandono. Aún podemos parar la mirada y valorar el esfuerzo, la dedicación y la cultura que, generación tras generación, desarrollaron las gentes que vivieron por estos lugares.

     El abandono en la zona fue tan tremendo e hizo tan imposible la vida, que el trazado de un ferrocarril solo dejó, como amarga prueba, alguna casa de guarda, puentes y la plataforma como señal ya cicatrizada de lo que, sin duda, hubiera supuesto la base de un desarrollo garantizado.

     La carretera traspasa la montaña por un túnel corto donde merece la pena detenerse, tanto antes como después, para contemplar la garganta de un río, mejor dicho de la torrentera, cuando tiene agua, y mirar de frente el tajo excavado en roca viva que da continuidad a la ruta con salida a un terreno más llano.

     Comienza en este punto lo que para mí es la segunda parte del viaje. El cruce a la localidad de Armillas te introduce en medio del monte, arbolado de forma abundante, y con el ascenso sinuoso de la calzada aparecen rincones, curvas y balcones donde apetece parar y recrearse mirando lo lejano de la sierra.

     La carretera termina en Armillas, localidad que sufrió el abandono de sus moradores para no soportar en su propia carne las consecuencias de políticas despiadadas que primaron la dedicación al trabajo encadenado, en lugar del desarrollo de potenciales que con el paso de los años, en otros sitios, han demostrado eficaces resultados en cuanto a la calidad de vida y permanencia de sus moradores.

     La tenacidad de quienes han podido volver temporalmente, ha dado como resultado el renacimiento de la vida en el pueblo, con restauraciones muy cuidadas en algún caso y con la seguridad de quienes, aunque sea por pocos días, quieren vivir allí donde siempre lo hicieron. En mi caso, la visita fue silenciosa, como temiendo mis propios sonidos y con la misma pregunta en cada esquina, en éste y en otros lugares como éste: ¿por qué?

     Una sola persona en el trayecto con la que cambiar, como no, un saludo y una orientación para salir por otro lado de la montaña, por un camino de tierra que te deja en la carretera por la que se entró.

     Si quieres leer un corto relato de una visión más personal, alejada del concepto del turismo y de la ruta, una impresión más visceral, aplicable a este espacio descrito y a otros muchos similares, continúa leyendo... y disculpa el lenguaje grueso. Espero que se comprenda, porque ya las lágrimas son de cada cual.

Miguel Angel Latorre © 2003, de todas las imágenes y del texto

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