Bilbilis 2.

cronista

Bilbilis

Texto elaborado por Luisa Miñana, a partir de la bibliografía reseñada

     Sobre los tres cerros que vigilan el lugar de Huérmeda, - las cumbres de Bámbola, San Paterno y Santa Bárbara, - encaramada junto al lugar donde los ríos Jalón y Ribota sellan su encuentro, la romana Bílbilis duerme y recuerda, dejándose ver a cada paso entre las ruinas vivas de su caducado presente. Entre los siglos I y III la ciudad degustó sus mejores momentos y sus gentes anduvieron confiadas entre sus calles monumentales y sus campos feraces y algunos de ellos, como Marcial, viajaron a Roma y allí consiguieron renombre y eco en todo el orbe para su ciudad natal.

     Será el espíritu de Roma quien dé señas de identidad a Bilbilis como ciudad, aunque la elección del asentamiento humano correspondiese a uno de los grupos de lusones –de todavía incalificado origen- que andaban por las riberas del Jalón medio y del Jiloca con anterioridad a que se manifestase el interés de los romanos por la Península Ibérica. Durante los siglos II y I a. c., la población se ve sometida a la gran inestabilidad generada por los enfrentamientos casi continuos entre las tribus celtíberas y el ejército romano, y después entre los propios romanos: las campañas de Tiberio Sempronio Graco (180-179 a.c.), la larga guerra derivada de la rebelión de Segeda (156 a.c.), o las lucha civiles entre Quinto Sertorio y Quinto Cecilio Metelo (79 a.c.), y entre Pompeyo y César posteriormente (49-45 a.c.) Parece que la ciudad que se convertirá en la Bílbilis romana había decidido acercase a la órbita de los conquistadores muy pronto, ya en el siglo II a.c. y tal circunstancia propiciará el asentamiento de colonos itálicos.

     De esta manera, cuando, pacificada Hispania y muerto luego violentamente César, Augusto emprende su política de urbanización del Imperio - en la Península Ibérica llevada a cabo de la mano de Agripa -, Bilbilis es una de los enclaves elegidos como lugar de la representación del poder, la gloria y la riqueza de Roma. Toda la ciudad se organiza escenográficamente sobre las laderas de los cerros que ascienden, entre terrazas con suaves rampas, ajadas escaleras de alabastro y cálidas y luminosas casas de inclinadísimos tejados, hacia el conjunto magnífico del foro, el templo y el teatro, los cuales sin duda con su espectacularidad se harían visibles a lo lejos para todos los habitantes de la zona, siendo en buena medida costeados por las familias acomodadas de la ciudad, quienes ganaban así el favor de los poderosos de la metrópoli. Para ello los patricios bilbilitanos no escatimarían esfuerzos y no se conformaron con los nobles materiales de las canteras cercanas, sino que acarrearon hasta su ciudad la exhuberante piedra negra de Calatorao e incluso los excelsos mármoles de Carrara, los más delicados de Grecia, o los luminosos de Africa y Anatolia fueron adquiridos en los mismos almacenes que abastecieron la construcción del Foro Augusteo de Roma.

     El foro bilbilitano, erigido en la cima del cerro de Santa Bárbara, fue inaugurado en época de Tiberio y contó con la aportación económica del ciudadano Emilio, hijo de Gayo, a quien sus conciudadanos glorificaron con agradecimiento en lapidaria inscripción por los siglos de los siglos, por lo menos hasta hoy. Modificado después, en tiempos de Trajano, el foro contaba con una plaza casi cuadrada a la que se abrían en los lados oeste y sur tiendas y tabernas de artesanos y comerciantes, en el este se levantaba la basílica que tendría muy posiblemente tres naves, y en el norte el templo, que exponía así su monumental fachada al sol del mediodía. El conjunto contaba con fuertes muros de contención, pórticos y criptopórticos, así como monumentales escalinatas que se abrían comunicando unos niveles con otros. Una gran escalinata de casi ocho metros de anchura y nueve de altura llevaba desde la plaza del foro al templo hexástilo, pseudo-períptero, de orden corintio, con una altura de unos doce metros, y en el que destacaba el color rojizo de las tejas de su cubierta. Coronando la gran escalera y ante la fachada del templo se erigía un ara de sacrificios, y rodeando el templo se repetían los pórticos, que aparecen como el elemento más característico y definitorio del foro de Bilbilis, puesto que son por una parte la transcripción arquitectónica del aterrazamiento de la construcción, y por otra multiplican los espacios ocupables del foro y también comunican unas zonas con otras.

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