Invierno 5. Antonio Redondo.

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     SÉ que tras las nubes te reías de mí. La luna lloraba en tu hombro yacente y tú reías sobre la transparencia de la muerte.

     Y, al fin, ¿qué es tu risa? Un dulce crepitar de columnas que sostienen un templo habitado tan sólo por ortigas... No es nada en mí, como en ti mis ojos, mis ojos de árbol o de arena, la tierra recogida de un abismo.

     Tú reías en las claras tardes en las que el amor se aproximaba a las cúpulas de las iglesias, cantabas silenciosa como las golondrinas y yo te decía que mi amor era como los caballos, como los trenes, como las distancias...

     Tú te ibas, ligera, vana como la primavera, como lo etéreo, sobre las columnas del vértigo, sobre la claridad y sobre la palabra. Eras sombra y luz juntamente ligadas.

     Yo te decía que la tierra está en ti, que el amor está en ti, que no es algo sobrenatural sino que es tierra y que tierra son tus labios y tus senos.

     Yo fui tierra en tu tierra cuando corría un río en mi alma de niño.



Invierno 3

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