Invierno 8. Antonio Redondo.

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     LOS ángeles se quedan sordos de tanto escuchar la soledad cóncava del cielo. El mar avanza lentamente, eterno prisionero de la palabra “pasión”.

     Yo sé de un dios callado y de la abeja que labora tierra en su garganta. Sé que el invierno nos suele arrebatar al jardinero y que entonces las pieles vuelven a cubrir con candor todo secreto.

     Mas es la noche eterna, sola y pobre, quien con su brazo o su perfil de sombra hace sonar torpemente sus campanas insistentes y devotas.



Invierno 4

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