Marcial 6.

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     La lamentación constante de Marcial es la falta de tiempo para escribir, la incomodidad y el ajetreo de los días en Roma. Sus obligaciones como cliente - sobre todo cuando el emperador decide suprimir la espórtula y no tiene otro remedio que dedicarse al efectivo ejercicio de esta actividad- le roban demasiados momentos desde la mañana a la noche

     "Siendo invitado a la cena ya no como antes, en calidad de cliente pagado, ¿por qué no me sirven la misma cena que a ti? Tú tomas ostras engordadas en el lago Lucrino, yo tengo que chupar con mi boca herida un mejillón. Tú tienes hongos boletos, yo tomo hongos de los cerdos; tú te peleas con un rodaballo, en cambio yo, con un sargo. A ti te llena una dorada tórtola de enormes muslos; a mí me ponen una picaza muerta en su jaula. ¿Por qué ceno sin ti, Póntico, cenando contigo? Que sirva de algo la desaparición de la espórtula: cenemos lo mismo" (Libro 3, LX.)

<>     "Tienes, desde luego, una hermosa casa -y pido que la conserves y que crezca por muchos años -, pero en el Transtíber, mientras que mi buhardilla mira hacia los laureles vipsanos: yo ya me he vuelto viejo en este barrio. Tengo que emprender un viaje para saludarte, Galo, en tu casa de mañana: daría igual, aunque estuvieras más lejos. A ti no te hace mucho el que yo sume un cliente más, pero para mí significa mucho, Galo, si te quito ese uno. Yo te saludaré en persona más a menudo a la hora décima: por la mañana, en mi lugar, te dará los buenos días mi libro" (Libro 1, CVIII.)

     Todas estas servidumbres no sólo son enojosas para Marcial, se diría en realidad que son además humillantes para alguien tan orgulloso y libre como él; la aseveración que dedica a un amigo ("eres un hombre demasiado libre" I, LXVII) podría aplicarse a él mismo y sus circunstancias vitales. Todos los años en Roma añorará Marcial una vida más sencilla, en la que las necesidades cotidianas no cercenen su tiempo y su espíritu

     "Un tabernero y un carnicero y un baño; un peluquero y un tablero de juego y unos dados; y algunos libros, pero a elegir, un solo compañero no demasiado rudo, y un chico ya mayorcito y lampiño por mucho tiempo, y una joven, amada de mi chico. Procúrame todo esto, Rufo, aunque sea en Butuntos, y guárdate para ti las termas de Nerón" (Libro 2, XLVIII.)

     "Quintiliano, supremo moderador de la voluble juventud, Quintiliano, gloria de la elocuencia romana, si me empeño en vivir, siendo pobre y todavía no impedido por mis años, perdóname: nadie se empeña lo bastante en vivir. Déjelo para más tarde el que desea superar el censo de su padre y atesta sus atrios de colosales bustos de sus antepasados: a mí me encanta un hogar y unos techos que no repugnen ennegrecerse de humo, una fuente de agua viva y el rústico césped. Que mi esclavo esté bien nutrido, que mi esposa no sea demasiado letrera, que mis noches sean con sueño, que mis días pasen sin pleitos" (Libro 2, XC.)

     " Estas son las cosas, querido Marcial, que hacen/ feliz la vida: una hacienda heredada/, obtenida sin esfuerzo; un campo/ fértil, un hogar que no se apague;/ ningún pleito, pocas veces la toga,/ una mente serena, un natural robusto, un cuerpo saludable,/ prudente sencillez, amigos acordados,/ amables huéspedes, una mesa sencilla;/ la noche no cargada de excesivo vino/ y libre de cuidados; un lecho ameno pero pudoroso,/ un sueño que haga breve/ la oscuridad; que quieras ser lo que eres/ y nada más;/ que no temas a tu último día/ ni tampoco lo desees." (Libro 10, XLVII.)

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