Marcial 7.

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     En el año 96 Domiciano es asesinado. Marcial intenta congraciarse con el nuevo emperador Nerva y en su undécimo libro no escatima la adulación. Pero ya nada vuelve a ser lo mismo. Menos aún cuando el austero Trajano, al que la poesía no le interesa en absoluto, y menos aún el talante de la de Marcial, ocupa el cargo de emperador. Marco Valerio Marcial está cansado. Comienza a hablar de regresar a su tierra natal, a Bilbilis, donde espera hallar sosiego, lejos de las miserias de la vida de cliente y del ajetreo y el ruido de Roma, que no le dejaba descansar de noche, y que siempre le habían hecho añorar la rusticidad de su patria chica, de donde había salido treinta y cuatro años antes al encuentro de una vida a la que le empuja la educación letrada que le han procurado sus padres, Valerio Frontón y Flacila, ambos bilbilitanos también, y de la que ahora, cuando regresa como un renombrado poeta del imperio, espera ser acogido con generosidad

     "Conciudadanos míos, nacidos en la Augusta/ Bílbilis, que se levanta sobre un risco,/ al que ciñe el Jalón/ con sus aguas de rápida corriente,/ ¿os alegra la gloria de vuestro poeta?/ Soy para vosotros honra, honor y fama,/ no debe más Verona/ a su sutil Catulo,/ y a mí también querría/ poder llamarme suyo./ Treinta y cuatro veranos han pasado/ desde que, en el momento de la siega,/ hacéis a Ceres rústicas ofrendas/ sin mi presencia,/ mientras habito dentro de los muros/ de la hermosa Roma soberana./ En Italia se hicieron blancos mis cabellos./ Vuelvo a vosotros si queréis recibirme/ con una dulce disposición;/ si vuestros sentimientos para mí son ásperos,/ podré, otra vez, marcharme." (Libro 10, CIII)

     Antes de regresar le había encargado a su amigo Flavo la compra de una villa no muy cara, pero cuando llega a Bilbilis en el año 98 se instala en unas posesiones que le regala Marcela, una rica viuda que al parecer le cuidó hasta su muerte y en las que vivió feliz, aunque abandonado de la inspiración poética que sólo parecía encontrar - contradictoriamente- en el mundanal de la gran urbe: el alimento de su alma era también su condenación. De hecho, el único libro que publicó en estos últimos años, el número doce, a petición de su amigo Terencio Prisco que fue a visitarle, contiene sobre todo composiciones de la época anterior. Tampoco parece importarle mucho ese alejamiento de la literatura y disfruta por fin de la vida bucólica y sosegada que siempre había reclamado

     "Este bosque, estas fuentes,/ esta sombra tejida por flexibles pámpanos,/ esta dócil acequia para el riego,/ los prados, los rosales que no envidian/ a los de Pestum que florecen/ dos veces en el año, hortalizas/ que se dan en enero sin helarse,/ las anguilas domésticas que nadan en estanques cubiertos,/ y el blanco palomar con las palomas blancas,/ todo eso es regalo de mi dueña:/ al regresar, después de siete lustros,/ ella me dio esta casa y estos reinos./ Si Nausicaa me ofreciera los huertos/ de su padre, yo podría decir a Alcinoo: prefiero/ los míos." (Libro XII, 31)

     Y le escribe a Juvenal

     "Mientras tú, Juvenal, te abres paso agitado,/ entre los ruidos mil de la Suburra,/ o mientras subes hacia el Aventino;/ mientras por los umbrales de los poderosos/ ondea al aire tu toga sudada,/ y fatigado vas y vienes/ por el Celio mayor y el menor,/ mi Bilbilis - a donde he vuelto -,/ tierra soberbia por sus minas/ de oro y de hierro,/ tras muchos años me ha recuperado,/ y ella me ha convertido en campesino./ Aquí, tranquilo, sin más esfuerzo que el que dicta mi pereza,/ me recreo por Boterdo y por Platea,/ - estos son nombres rudos de tierras celtíberas -,/ gozo de horas de sueño profundo/ y reparador que no interrumpe,/ a veces, ni la hora tercia/ y, así, recupero lo que en treinta años/ no pude dormir./ Ni me acuerdo de la toga; cuando la pido,/ me alcanzan una túnica que tengo cerca,/ sobre una silla desvencijada./ El fuego, cuando me levanto,/ ya me espera con un montón de leña/ del encinar cercano, y con corona de ollas/ que puso la granjera;/ acude un cazador que tú querrías/ encontrarte en apartada selva;/ un granjero imberbe/ reparte las raciones a los siervos,/ y les ruega/ que hagan cortar/ la larga cabellera./ Así quiero vivir y así morir" (Libro 12, XVIII.)


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