Stig Larsson. 4.
Omar Rojas. Poesia Traducción Sweden Poesie

Cronista
Stig Larsson

uN NIÑO GRITA

Ett barn skriker ---> leer

Poder: es cuando digo que voy a vivir
         un rato más;
poder: es cuando dices que voy a vivir
         un rato más… Lejos de mí, abandonado
hasta por la luz que aquí se encendió – ahora estoy como

lo incinerado en la mano: negro, negro en la mano, y la mano de alguien,
está en la mano de
alguien –
alguien que abandonado se pierde,
siempre negro en lo igual para lo igual, siempre… Este hedor;
déjate
entrar en él, acércate
a rastras; abre,
abre los ojos: ni un establo
                           UN NIÑO GRITA,

un niño,
un grito

un hedor
de todo
lo que se parece a mí…

El hedor de todo lo que ha descendido hacia mí.
¡Así que ahora tengo que entrarle a fondo! – ¡No lo puedo soltar!
Sostenerlo hasta que sea posible –
el techo… y el cielo… ¡todo lo que existe sobre mí!
Levanto mis brazos y

empujo… todo
hacia arriba;

pero
lo que cae aquí –la naturaleza que siempre
cae aquí,
hacia
mí–
me da plena libertad
para hacer cualquier cosa. Una tarea imposible. Luz
                              siempre
estremecida –para que uno piense: un pez ha picado–
con todo lo clara que es para mí; tiembla
en claras
caravanas de manchas solares sobre la pared… sobre
paredes… techo,
sobre el techo; el niño –un niño ahí acostado–
grita;
la mirada del niño

ve
lo que es tan claro como lo otro que ve,

una luz saturada de naranja que se estrecha hacia una más clara, una
blanca amarillenta cortante, que a su vez… imperceptible… se funde
en una blanca nítida, una azul nítida invernal azulada y blanca…
Nunca será posible imaginar que todo termina con esto.
Una clara noche de verano cuando uno respira
el verde aroma después de un aguacero –
por bello que sea, lo es justo ahora,
y ahora para siempre,
fin, ha
finalizado

como esos en el fondo inalcanzables:
                                             la niña que
                                    llora sobre la cama de su cuarto,
acostada sobre la cama de 90 centímetros de ancho, se echa
encima el cobertor, sobre la cabeza, nada ve, llora,
sólo llora, así ha estado una hora entera. Hay algo
que es inalcanzable – nunca puedo alcanzar ese ahora, nunca
esta hora con un olor a axila apenas percibible y un
olor de cuerpo en el que ni siquiera ha pensado durante ese tiempo;
nunca puedo notar
el aire sofocante alrededor de su cuerpo bajo el cobertor – como yo
tampoco puedo ver
                                             los ojos enrojecidos del hombre,
un lechero a punto de jubilarse,
viudo desde hace muchos años,
quien, espiando sobre las gafas,
escarba
en la dura, corta tierra
y rasca con la espada
una pequeña tumba para su periquito siempre solo,
el que nunca cantó,
siempre tan callado,
ahora envuelto cuidadosamente en papel encerado, colocado
en una caja de hojalata para galletas guardada desde los cincuenta – azul negro
con un texto blanco de letra pequeña en inglés bajo la marca.
Este hombre no sabía lenguas extranjeras
y por lo tanto no entendió una palabra de lo que ahí decía
cuando él más temprano esta mañana –
ya como a las seis, cuando afuera aún estaba oscuro–
había bajado la caja de galletas del ático. A lo mejor era
puro cansancio, lo que hizo que se quedara con la caja sobre las piernas
durante casi una hora; entonces fue por un rato como
algo mágico con ese texto blanco sobre fondo azul negro.
Pero ahora –a media labor de
picar otro trozo
en la tierra endurecida por el frío– ha olvidado totalmente
que ni siquiera hay algo escrito
allá al fondo de los lados del ataúd-lata de galletas; frases
que ni siquiera yo me pondría a leer…


Todo lo que ahí dice
es por lo tanto inalcanzable para mí –

                                                      PERO AHÍ VIENE

techos, paredes (y encima, alrededor de esto: ¡un cielo invisible!)

descienden –aunque
                  terminó, todo terminó–
hacia el niño, hacia sus
ojos,
abiertos ojos, boca
con lengua
tan suave;


ahí


viene


descendiendo hacia todo –


descendiendo, de la misma forma en que ayer por la noche de repente sentí
cómo la cobardía se infiltraba en mí;
me sentí, de un instante al otro,
demasiado cobarde para seguir viviendo, pero –al mismo tiempo demasiado cobarde para
admitir que así era– no me atreví a revelárselo
a uno solo. Únicamente lo pensé:
que ya no me atrevía a seguir con vida –y me espantó
el haberlo pensado. A final de cuentas
ni siquiera me atreví a expresarlo por mí mismo. Es decir: aterrorizado
por mi cobardía –y al mismo tiempo demasiado cobarde para atreverme a
no estar
tan terriblemente asustado. Porque ya no quiero seguir viviendo
con todo esto; que ahora, de aquí
para allá
a través de la ciudad, la tarde que a estas alturas debería ser noche,
la oscuridad invernal y yo deambulando por ahí,
aun cuando no tengo ni idea
de hacia donde voy, ni siquiera en qué sentido
me muevo, solamente,
y de alguna manera obstinado –
como si solamente me fuera alejando de algo–
bajo un desplazamiento continuo; yo que
ando por ahí bajo los campos luminosos
de los faroles, en el loco y enmudecido silencio de la zona departamental. Igual
a toda esa cobardía que ha corrido por mí,


VIENE
cae,
ligeramente asustada,
con la sonrisa cálidamente tímida de María en la Anunciación,

luego esta luz exclamada en toda su totalidad,
a fondo,
perforando a fondo,
hacia


este niño y su grito cada vez más rasposo, más anciano;
así, y justo así, (como la naturaleza)
cae. Caer
así en el respeto por uno mismo
Caja de Galletas

© 2005 de la traducción, Tigran Feiler y Omar Rojas

La traducción Siguiente Página
Siguiente Página

Inicio



©2005 El Cronista de la red