Papa Luna Benedicto XIII. 1

Biografía.

cronista


Papa Luna

Texto elaborado por Luisa Miñana, a partir de la bibliografía reseñada


     Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, señor que fuera, al fallecer su madre, de La Vilueña, Valtorres y de la morería de Terrer, segundón con querencia en Illueca, y a quien la historia reconoce para bien y para mal como el Papa Benedicto XIII, sufriría sin duda una de las mayores decepciones de su vida en aquellos días entre septiembre y noviembre de 1415 cuando el reciente rey de la Corona de Aragón, el castellano Fernando I de Antequera, le traicionó. Su cismático papado estaba a punto de cumplir veintiún años y Benedicto XIII llegó el primero a Perpiñán a reunirse con su rey Fernando y con el emperador Segismundo, animado por la necesidad de hallar una solución razonable y jurídicamente posible a aquella sangrante y escandalosa división de la Iglesia Romana de Occidente que ya duraba casi cuarenta años. El Concilio de Constanza había acordado y conseguido en ese año de 1415 la deposición de Juan XXIII y la abdicación de Gregorio XII, los otros dos papas entre los que la Iglesia dividía por entonces su obediencia. Pero Benedicto XIII se negaba a ceder sin más, porque según aseveraba tan sólo en su persona podía recaer la única legitimidad que le quedaba a la maltrecha Iglesia occidental. Él era el único cardenal vivo nombrado con anterioridad al Cisma de Occidente, y por lo tanto sólo él podía proceder legalmente a la elección de un papa de nuevo unificador. Esto colocaba a todos los demás, cardenales y reyes, que debían conciliar tantos y tan altos intereses, en un callejón sin salida, en cuanto entraba en consideración la cuestión de que por esa incuestionable regla de la legitimidad, sólo el propio Pedro de Luna, cardenal de Aragón, podía en realidad nombrarse Papa a sí mismo. Pero tal cosa era concederle al Papado que su poder ordenador del mundo anduviera muy por encima de las prerrogativas de las muy necesitadas de poder monarquías europeas. Y quedó bien pronto claro que éstas, sumidas como estaban en un proceso histórico nuevo, de afirmación institucional y territorial, lleno en aquella época de incertidumbres y enfrentamientos entre ellas, no se lo iban a reconocer jamás. Ni siquiera Fernando I, el rey de Aragón, para quien Benedicto XIII había dejado de ser útil en su política mediterránea, podía ya ceder ante la obstinación del Papa de Illueca, lugar donde había nacido Pedro Martínez de Luna, en el castillo de su familia, al parecer en 1342, según las más recientes opiniones; en 1328, según las de siempre.

     Esta indecisión de la historiografía bien indica el desconocimiento que aún hoy en día persiste en torno a la figura de Benedicto XIII en los años anteriores a su nombramiento como cardenal, lo cual no acaeció hasta 1375, cuando fue nombrado como tal por Gregorio XI tras ser promovido para el cargo por el rey de la Corona aragonesa, Pedro IV, que necesitaba recuperar parte de su influencia en la corte papal, la cual desde hacía sesenta y seis años residía en Aviñón. A Pedro de Luna nunca podrían reprocharle los monarcas aragoneses que no actuara como el noble que era, fiel a su rey, como lo habían hecho muchos miembros de su familia, dispuestos frecuentemente a auxiliar en sus empresas a sus monarcas. Y aun, cuando ya Papa, defendió su autoridad como preeminente a la de cualquier monarca de la tierra, intentó siempre que sus pasos no perjudicaran los intereses políticos de la Corona de Aragón. Más bien, hábil diplomático como era, en ellos a menudo se apoyó, sabiendo que él también era utilizado. Su imbricación con la política aragonesa fue total cuando se inventó el Compromiso de Caspe, aquel trabajado pacto que llevó al trono a este rey Fernando que en aquellos días del invierno de 1415 le iba a abandonar. El Papa Luna necesitaba agónicamente apoyarse en la monarquía aragonesa como último recurso para defender y afianzar su vapuleada legitimidad. Pero al final el monarca no devolvió los muchos servicios que la familia Luna había tenido con la casa real de Aragón por un lado, y con los castellanos Trastámara, que ahora llegaban a la corona, por otro.


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