Papa Luna Benedicto XIII. 3

Biografía.

cronista


Papa Luna

     Veinte de los veintiún cardenales reunidos en Aviñón votaron la víspera de San Miguel a Pedro de Luna como nuevo Papa con el nombre de Benedicto XIII. Este, que tan sólo había recibido hasta el momento órdenes menores, fue ordenado sacerdote el día 3 de octubre, y consagrado obispo y coronado sumo pontífice al día siguiente. Como Papa de Aviñón convivirá hasta 1415 con los tres Papas que se suceden en la sede romana (Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII ), y entre el concilio de Pisa, celebrado en 1409, y el decisivo de Constanza, reunido en 1415, con otros dos más ( Alejandro V y Juan XXIII) nacidos del dicho concilio de Pisa, que había depuesto a Benedicto XIII y a Gregorio XII. Aunque estas deposiciones no tuvieron efecto real, dejaron claro que ninguno de los Papas existentes resolvería finalmente el conflicto. Puede decirse que el Papa Luna alargó en sí mismo el Cisma, puesto que nunca reconoció la legitimidad de Martín V, el Papa de la reunificación, elegido en noviembre de 1417. La cierta mala conciencia que provocaba en muchos nobles, reyes y eclesiásticos la presencia, abandonada a su suerte mas constante, de aquel anciano recalcitrante, único testimonio de la Iglesia anterior al Cisma, se puso claramente de manifiesto en el intento de envenenamiento que parece que sufrió Pedro de Luna en Peñíscola por instigación del enviado de Martín V, el cardenal pisano Alamán de Adimarí, ante la negativa contumaz del aragonés a renunciar. Sobrevivió a ésto, como lo había hecho al terrible asedio que sufrió en Aviñón desde 1398 hasta 1403, cuando logró huir de la ciudad ayudado por los enviados del rey Martín I de Aragón. Un asedio mucho más llevadero que el que sufriría en Peníscola, al final de su vida, abandonado por todos, que no olvidado: el asedio del silencio y la soledad.

     Benedicto XIII se había refugiado en Peñíscola en 1411, tras años de viajes y desplazamientos intentando una reunión con el Papa de Roma, que nunca llegó a materializarse, interviniendo también en algunos asuntos de la política interna de Aragón y de Italia, agotándose al fin en fórmulas diplomáticas y maniobras dilatorias respecto a las exigencias de los reinos europeos en cuanto al Cisma, cada vez más lejos aquellos de su persona y menos dipuestos a respetarle. De Peníscola, a donde literalmente ha ido Benedicto XIII a encastillarse, saldrá en dos ocasiones muy importantes. La primera para resolver la sucesión al trono aragonés, a la muerte sin heredero de Martín I, procurando que la misma le fuera favorable, como así lo consiguió con el nombramiento acordado por el Compromiso de Caspe de Fernando I en 1412. La segunda salida será ese viaje frustrado a Perpiñan en 1415, para ver al mismo Fernando I y al emperador, mientras se mantenía vivo el concilio de Constanza. El rey de Aragón no podía ya sostener por más tiempo su apoyo al Papa aragonés. Junto al emperador, esperaba convencer a éste de que renunciara a favor de la unidad de la Iglesia. Pero la postura de Benedicto XIII no se movió un ápice. Durante las entrevistas que tienen lugar, Fernando de Antequera se va alejando paulatinamente del Papa Luna, hasta el punto de que éste debió ver con claridad que ya no le quedaba ningún apoyo en toda Europa. Pero no abdicó. Marcho a Colliure y desde allí embarcó camino de su refugio definitivo. Volvía a Peníscola, irritado y decepcionado, para no salir jamás, entre otras cosas porque el único interlocutor que había tenido en los últimos tiempos, el rey Fernando, murió unos meses después de su entrevista en Perpiñán. Su última cabalgada junto a un Trastámara nada tuvo que ver con aquella otra de muchos atrás, en 1367, cuando, derrotado en Nájera por el rey de Castilla Pedro I, Enrique de Trastámara vino a Illueca a refugiarse y Pedro de Luna le acompaño hasta dejarle a salvo en Francia.

     En el exilio de Peñíscola le acompañó su breve corte cardenalicia, cada vez más devaluada, y sobre todo le dieron calor sus libros. Pedro de Luna fue un hombre enormemente culto y muy amante de las artes, a las que dedicó dinero y protección. Estas inclinaciones le aproximan curiosamente a la ya muy cercana época del Renacimiento, del que sin embargo, contradictoriamente, le aleja su defensa a ultranza de la pirámide de poder político medieval. Oficialmente Pedro de Luna dejó de ser el Papa Luna el 26 de julio de 1417, mediante sentencia que dicta el concilio de Constanza tras haberle inúltimente convocado por tres veces. Él jamás aceptó su destitución. Pedro de Luna se murió Papa en algún momento entre noviembre de 1422 y mayo de 1423. Tampoco de su muerte habremos de saber por lo tanto el momento. La interpretación más triste, pero muy pausible, de su fallecimiento habla de que aquellos cardenales suyos, nombrados a última hora porque ya no tenía ninguno junto a él, silenciaron durante un tiempo el óbito de Benedicto XIII con el fin de repatirse sus posesiones. Mas todo eso importa poco. Sin duda la historia ha puesto en la balanza de su reconocimiento el nombre y la memoria de Benedicto XIII, el Papa Luna, porque tuviera o no razón mantuvo su coherencia por encima de todos los avatares y de alguna manera fue una referencia lúcida para todos los actores de un tiempo de confusiones y de cambios, a punto de alumbrarse la nueva Europa del siglo XV.


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