Naimisa. Silvia Martínez Rovira 1

Cronista


Naimisa


Esperamos a que pusiese el sol para celebrar la oblación del fuego. Al este
 del altar, 21 pedazos de leña, y un poco mas allá una piedra,
ropa limpia, piel de antílope, un cinturón y un bastón.
   .. toc, toc,
           .. busco un maestro…,
                se lo llevaron una noche de tormenta…,
Ardía la leña sin consumir las palabras, ardía, la miraba.
Las manos sobre sus muslos, la ropa raída, ¿Cuánto tiempo hacía?…, 
¡Cuánto desde el último discípulo! ¿Seis, siete, ocho años? ¿Por qué ella
aquella tarde? Ella y su cabello ondulado, ella y sus ojos claros, y la
 blancura de su piel, y las marcas en la frente.
Busco maestro
Abrí mi corazón con la puerta
 Poco puedo enseñarte: austeridad, dádivas, rectitud, no violencia,
veracidad. Estos son los dones.
Ardía la leña en los primeros minutos de la noche, ella se acercó a mí, se 
acercó, como si nuestros cuerpos hubiesen sido forjados en la misma 
fragua. Posó su mano en mí.
Medita sobre mi mano en tu pecho.
Medita sobre el atman de tu corazón.
Medita sobre el atman en mi corazón.
Atizó el fuego, los 21 pedazos de leña eran una escalera por la que bajar.
Naimisa, Naimisa, Naimisa.
En ese bosque cabemos los dos…, dame ese nombre, si así lo quieres…,
A partir de aquella noche dormimos en la misma habitación. Su respiración 
se enredaba con mis sueños. Nos levantábamos al alba. Purificábamos
nuestro cuerpo en el arroyo que cruza el pomar, en silencio, como si las 
palabras nos ensuciasen en aquella y en todas las horas del día. Eran días 
sencillos: la sadhana, la oración, los textos sagrados y el arroz que  cabía en
la palma de nuestras manos. Contemplarla me conmovía. Era como una flor 
de loto. No sabía nada de ella. Nunca le pregunte donde había nacido, 
quién era su familia, qué edad tenía. A veces, la única duda que brotaba en 
mí era el significado de su presencia. La divinidad se manifestaba en ella 
con tanta gracia, que a menudo, las lágrimas se me enquistaban en la
garganta, sin atreverse a emerger. ¿Qué puedo enseñarle?, ¿qué puedo 
enseñarle?, me preguntaba. No había respuesta. Ese vacío lo intentaba
llenar con mi fe. Y esa fe, esa devoción que era mi esencia, era lo que 
intentaba darle. Me gustaba oírla repetir,
Piedra, Dios.  Piedra, escalón.  A  una se adora, al otro se pisa…,
pero  en el fondo de todo solo está Dios.
Había en su voz algo. A menudo al escucharla una ráfaga de imágenes me 
golpeaban: un niño me daba la mano y me decía vamos. Ambos teníamos 
seis o siete años, corríamos entre un verde insolente…,  arrozales eternos y 
nuestras risas y ese vamos, con la mano extendida. Era mi hermano.  La 
primera vez que ocurrió besé su frente. Me miró tan dulcemente
 que supe que nos habíamos reconocido.

Flores

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© 2006 Silvia Martínez Rovira

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