Las personas de Pessoa 1.

Silvia Martínez Rovira

Cronista

     Alberto Caeiro da Silva nació en Lisboa en abril de 1889, falleció tuberculoso en esa ciudad en 1915. Su vida transcurrió, sin embargo, en una casa de Ribatejo. Allí escribió sus primeros versos. Como decía Ricardo Reis; nada hay que contar de la vida de Caeiro. Sus poemas son lo que hubo de él de vida.


EL AMOR ES UNA COMPAÑÍA.
Ya no sé andar solo por los caminos, 
porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible me hace andar más deprisa
y ver menos, y al mismo tiempo gustar bien de ir viendo
    todo.
Incluso su ausencia es una cosa que está conmigo.
Y me gusta tanto ella que ni sé cómo desearla.
Si no la veo, la imagino y soy fuerte cómo los árboles
    altos.
Pero si la veo, tiemblo, no sé qué se hace de lo que siento
    en su ausencia.
Todo yo soy alguna fuerza que me abandona.
Toda la realidad me mira como un girasol con su cara 
    en medio.

     Alvaro de Campos describía a quien todos consideraban su maestro (incluido el propio Pessoa) como un hombre de ojos azules de niño que no tiene miedo, pómulos salientes, tez pálida y de un extraño aire griego que le venía de dentro. Sus gestos eran cálidos, y la voz siempre con el tono de quien no pretende sino decir lo que está diciendo. La expresión de la boca era la de una sonrisa como la que se atribuye en verso a los bellos seres inanimados únicamente porque nos agradan, una sonrisa por existir, no por estar hablándonos. Pessoa ,en una carta escrita al poeta Adolfo Casais Monteiro sobre la génesis de los heterónimos, explica que un día se le ocurrió gastarle una broma a su amigo Sá-Carneiro: inventar un poeta bucólico, de especie complicada y presentárselo bajo cualquier tipo de realidad. Estuvo Pessoa durante varios días intentando crear a ese poeta. Sin conseguirlo, estuvo a punto de desistir. El 8 de marzo de 1914 se acerca a una cómoda, toma papel y de pie empieza a escribir. Escribe más de treinta poemas seguidos, es un día triunfal. Acababa de sobrevenir en él alguien a quien pronto bautizó con el nombre de Alberto Caeiro. Había aparecido en él su propio maestro.

     Ricardo Reis nació en Oporto en 1887. Educado en los jesuitas, de fuerte formación clásica, estudió sin embargo medicina. A partir de 1919 el doctor Reis vivió en Brasil, regresó a Lisboa - sostiene Saramago - días después de la muerte de Pessoa. Era fuerte, delgado, algo más bajo que Caeiro, de un vago moreno mate. Sus Odas son intencionadamente antiguas, anacrónicas, artificiales. Como si de un discípulo de Epicuro o imitador de Horacio se tratase. Aseguraba el doctor Reis que debemos intentar darnos siempre la ilusión de la calma, la libertad y de la felicidad, pero más allá de esas palabras sus poemas estaban presididos por dos grandes obsesiones: la muerte y el carácter opresivo del amor..


NO SOLO QUIEN NOS ODIA O NOS ENVIDIA
nos limita o nos oprime; quien nos ama
	no menos nos limita.
Que los dioses me concedan que, libre
de afectos, tenga la fría libertad
	de las cumbres desnudas.
Quien quiere poco, tiene todo; quien nada quiere
es libre; quien no tiene, y no desea,
	hombre, es igual a los dioses.

     Alvaro de Campos criticó en la obra de Ricardo Reis la esclavitud con que éste sometía los sentimientos a las formas. Vanguardista, escribía en verso libre, negándose a toda clase de limitaciones rítmicas o temáticas. Alvaro de Campos era el más joven del grupo, había nacido en Tavira (Algarve) el 15 de octubre de 1890. De muy joven viajó por Asia y Europa, residiendo principalmente en Escocia. En Glasgow estudió Ingeniería Naval. Campos era un hombre delgado, de 1, 75 de altura, con una clara tendencia a curvar la espalda que recordaba al tipo clásico del judío portugués. Extravagante, excesivo y escandaloso llamaba la atención por usar monóculo. En mi opinión, era el Pessoa que Fernando nunca se atrevió a ser (el más histéricamente histérico de mí). Su creador le dio a conocer en el primer número de la revista Orpheu, con Opiario, un poema escrito desde una travesía por el Canal de Suez, dedicado a Mario Sá-Carneiro. Aquí va un fragmento de otro poema, de la impresionante Oda Marítima.


¡Toda mi sangre rabia por tener alas!
¡Todo mi cuerpo se lanza hacia delante!
¡Salto por mi imaginación hacia fuera como un torrente!
¡Me atropello, rujo, me precipito!...
¡Estallan en espuma mis ansias
y es mi carne una ola batiendo contra los acantilados!

Al pensar en esto -¡oh rabia!- al pensar en esto -¡oh furia!-,
al pensar en esta estrechez de mi vida llena de ansiedades,
súbitamente, trémulamente, desorbitadamente,
con una oscilación viciosa, vasta, violenta,
del volante vivo de mi imaginación,
irrumpe en mi silbando, pitando, vertiginando,
el celo sombrío y sádico de la estridente vida marítima.

Fernando Pessoa
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