Cruz del Coso. 4

Monumento

Gil Morlanes


     En el siglo XVIII, se llevan a cabo algunas obras de restauración del templete. Parece que pudo haber intervenciones en 1749, 1759 y 1767, aunque de todas ellas sólo se ha hallado hasta ahora documentación de trabajos realizados en 1766 y 1767. En esta ocasión se trabajan labores de herrería, cantería y calderería por parte de Joaquín Insausti; de pintura y dorado, a cargo de Juan Andrés; y de carpintería encomendada a Cristóbal Eraso. Según Aramburu de la Cruz en una afirmación que recogerá posteriormente Blasco Ijazo, fue en 1749 cuando se hicieron arreglos en la cúpula, aprovechados además para sustituir el señal de Reino al que aludíamos arriba por la imagen de "un Tyrano degollando a un Santo Matyr, para recuerdo del motivo porque se halla erigido tan sumptuoso obelisco" (6). Aunque los especialistas no han podido hasta el momento documentar tal extremo, tampoco desentona en el contexto histórico de aquel momento.

     De esta manera, el humilladero de la Cruz del Coso habría atravesado los siglos, perenne en el corazón de la ciudad. Bien es cierto, que ya a finales del siglo XVIII parece perder peso como referente urbanístico por excelencia, y se convierte en un elemento más de los que adornan el Coso zaragozano. Incluso a algunos viajeros, como Antonio Ponz que visitó Zaragoza en 1788, les llama más la atención la propia puerta Cineja, sin duda por que ésta se ha convertido en un referente más acorde a los tiempos que corren, pues se destaca la existencia en ella de un letrero que celebra la reconstrucción de dicha puerta con motivo del regreso de los Reyes Católicos tras la campaña de Granada, asimilando el triunfo milagroso de los Innumerables Mártires al conseguido por lsabel y Fernando en la conquista de este último reino musulmán en la península. De todas maneras, poco tiempo quedaba ya a la presencia de la Cruz del Coso en el corazón de la urbe.

     El 11 de agosto de 1808 el ejército napoleónico bombardeó la ciudad inmesiricordemente. Cuenta su alguacil mayor, Faustino Casamayor, según transcripción de Angel San Vicente que aquel día "continuaron en hacernos todos los daños posibles, no cesando un instante en arruinar cuantas casas podían, lo que causò el dejarlas desiertas, como sucediò en la iglesia Parroquial de San Miguel que fue preciso sacar el Santísimo Sacramenteo con luces y trasladarlo a la Magdalena junto con la imagen de Nuestra Señora de Zaragoza la Vieja y demas santos, quedando dicha iglesia sin culto. Pero lo que más lastimò nuestros corazones fue ver arruinar el famoso obelisco, asombro del arte, y triunfo de nuestros mayores la Santa Cruz del Coso a impulsos de un cañon colocado a su frente, cuia ruina inundò las làgrimas a todo este catòlico pueblo…"(7). Los ciudadanos no olvidaron fácilmente el monumento, pero su recuperación ya no iba a ser posible. Los tiempos eran definitivamente otros.


     Un nuevo monumento en el corazón de la ciudad


     Lo que quedó del templete lo describieron quienes se encargaron de derruir los restos a comienzos de 1810: la planta y los arranques de las columnas, y en el centro la mesa de altar y el rejado de hierro que los circunvalaba. Estos restos, junto a los de otros monumentos, como el retablo mayor de San Francisco, la santa capilla de Nuestra Señora del Portillo, su retablo mayor, y otros también destruidos, se llevaron a pulir a la iglesia del Colegio de la Mantería para que pudieran servir en la construcción de nuevos adornos para la ciudad como fuentes.

     Al poco tiempo, ya en 1813, comienza la inquietud por reconstruir el humilladero conmemorativo de los Innumerables Mártires. Pero la coyuntura no está para dispendios. Ni siquiera parece haber los materiales necesarios. No es hasta 1823 cuando la ciudad parece empezar a recuperar su iniciativa y con ella las empresas constructivas. Entre estas, la de la Cruz del Coso, cuyas labores de preparación se verifican ya en 1824, aunque la obra propiamente dicha se inicia a finales de 1825, con arreglo a un diseño aprobado por la Real Academia de San Fernando y presentado por Antonio Vicente, académico de arquitectura de la de San Carlos de Valencia, y defendido por José de Yarza y Lafuente. La obra, muy sencilla, parece concluir en 1832 con la colocación de una cruz de hierro, dorada a fuego, puesta sobre una columna. Pero lo que se debió de realizar no era acorde con lo proyectado, al parecer. De una u otra manera, resulta que el templete será derribado finalmente en 1835, mientras muy pocos metros más allá se había empezado a levantar en octubre de 1833 la Fuente de la Princesa o de Neptuno.

     Esta fuente no terminaba de satisfacer la memoria ciudadana, a pesar de que en su vaso se colocó una inscripción alusiva a los mártires. Se produjo por ello, ya en los últimos años del siglo XIX, un movimiento ciudadano auspiciado por los principales próceres de la ciudad, como Luis Franco y López, barón de Mora, en aras a reconstruir la Cruz del Coso. Un empeño ciudadano similar ya había existido cuando se construyó el sencillo monumento de 1825, levantado gracias a la suscripción popular. Todo ello es buen apunte de lo profundamente que había calado en la colectividad zaragozana el espacio conmemorativo ocupado durante siglos por el humilladero del Coso.

     Florencio Jardiel tomará el relevo de Franco y López en los últimos años del siglo XIX y el inicio del XX, consiguiendo que se construya un nuevo monumento, que no obstante ya no será la Cruz del Coso, aunque la recordará clarísimamente en su iconografía.

     Como dijimos al comienzo, el monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria se inauguró el 23 de octubre de 1904 y fue obra, en su parte arquitectónica, de Ricardo Magdalena Tabuenca y, en su parte escultórica, de Agustín Querol. La creación de estos dos artistas trata de unir la memoria de la Cruz del Coso y el homenaje a los caídos en la defensa de la patria, recuperando el lugar simbólico y emblemático de la ciudad.


Monumento a los Martires de Zaragoza


Monumento a los Mártires. Plaza de España. Zaragoza (*)

     Lo que hoy en día todavía podemos ver es ésto: un gran pedestal de piedra, en el que se ha dispuesto la imagen alegórica de la ciudad y su escudo; sobre dicho pedestal, se eleva un ángel que recoge a un soldado, a un ciudadano vestido con indumentaria local, que acaba de morir. Sobre ellos se alza la cruz, que enlaza simbólicamente con el recuerdo del humilladero. Conviene puntualizar, para terminar, que el recuerdo de este humilladero era de tal fuerza, que el escultor Querol tuvo que modificar su proyecto primero, que no incluía la cruz, y cuyo añadido fue defendido a capa y espada por los miembros de la comisión formada, en el seno de la Sociedad Económica de Amigos del País, con el fin de dar por concluida la obra, aun a riesgo de perjudicar la armonía de la misma, como ya pusieron de manifiesto algunos textos contemporáneos.


     (6) BLASCO IJAZO, J. ¡Aquí … Zaragoza!. Zaragoza. Excmo. Ayuntamiento de Zaragoza, 1950. t. 2, p. 239

     (7) SAN VICENTE, A. Años artísticos (1782-1833) sacados de los Años Históricos que escribía Faustino Casamayor, alguacil de la misma ciudad. Zaragoza. Ibercaja, 1991, pp. 169-171.

     (*) La imagen viene desde http://www.zaragoza-ciudad.com/turismo/martires.htm



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