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José Luis Borau

JOSÉ LUIS BORAU, un hombre de cine -5

      La obtención del título y del premio fin de carrera no facilitan el paso de Borau a la dirección cinematográfica como profesión, sino más bien al contrario, los recelos que su primera y osada película despiertan en las altas instancias oficiales que dirigen la industria cinematográfica española, unidos a la propia debilidad intrínseca de la misma, se empeñan en cerrarle a Borau las puertas de un cine que continúa más pendiente de las comedias costumbristas y folclóricas y las elogiosas exaltaciones de los valores patrios que tanto gustan al régimen, temáticas que para nada coinciden con los proyectos e ideas que rondan por la cabeza del joven director.

     Tras algún tiempo en el que compagina su empleo en el Instituto de la Vivienda con sus reseñas periodísticas y la realización de dos cortometrajes documentales (Capital Madrid, Las bellas de Mallorca), a Borau le llega su primera oportunidad de un modo insospechado: desde Italia se está abriendo paso en Europa una nueva forma de retratar el western, que va desde la mala copia de los clásicos norteamericanos a cierta visión original y nueva que va a darle oxígeno en los años y aun décadas posteriores a un género tan antiguo como el cine y que ya está en franca decadencia en su país de origen. Esta nueva forma de filmar westerns ha llegado a España de la mano de un desconocido director italiano de peplums, las películas de romanos, llamado Sergio Leone, que está rodando en Almería la primera obra notable de lo que se llamará después spaghetti western, el primer capítulo de la llamada "Trilogía del dólar", Por un puñado de dólares, con un joven actor de televisión llamado Clint Eastwood. Este nuevo estilo ofrece a los productores españoles un nuevo camino a explorar que les permita rodar otro tipo de historias más cercanas al gusto del público y de inmediato comienzan a surgir proyectos nacionales dentro del nuevo género. En coproducción con Italia, el productor Rafael Merina busca un director que sea capaz de rodar en poco tiempo una de estas películas del oeste que suponen bajos costes y éxito asegurado entre el público, y Borau, cuyo estupendo debut aún es recordado en la profesión, es el elegido.


José Luis Borau

     La película se titula en España Brandy (Cavalca e uccidi, 1964), y su trama explota todos los tópicos facilones de un género ya agotado: un pistolero de turbio pasado que acude a un pueblo de Arizona reclamado por la dueña de una granja para hacer frente a un poderoso ganadero que tiene oprimida a la comarca. La crítica recibe entusiasmada la película, que aunque realizada con escasez de medios y dentro de la más nula originalidad de la mayor parte de los westerns "a la europea", resulta de una factura más que digna.

     La buena recepción entre el público que tiene esta película de encargo y el propio trabajo de Borau, del que los productores quedan muy safisfechos, le proporcionan al poco tiempo una segunda oportunidad en la que va a poder demostrar mucho más las grandes cualidades como cineasta que lleva dentro y que el western o el cine de costumbres folclóricas del régimen no le permiten desarrollar convenientemente. La segunda película de José Luis Borau, Crimen de doble filo (1965), muestra ya claros indicios de su inmenso potencial como cineasta. Basada en un guión de Juan Miguel Lamet, la película es un thriller dramático en el que se cuenta la historia de un pianista tímido y solitario, de personalidad frágil y carácter débil, que presencia un asesinato cometido en el edificio donde vive; su timidez, sus dudas y su pusilanimidad le impiden contar en un primer momento a la policía todo lo que ha visto y oído, y el miedo a no haberlo hecho en el momento en que debía, y las llamadas telefónicas anónimas que empieza a recibir en su propia casa unidas a la sensación creciente y agobiante de que alguien le sigue, que controla sus movimientos, entradas y salidas, son elementos que configuran una historia, híbrido de cine negro y película de costumbres, que Borau conduce con pulso narrativo firme, de atmósfera absorbente, excelente fotografía en blanco y negro, y que sigue de modo solvente los parámetros clásicos del género establecidos en el cine negro francés y estadounidense. Con todo, Borau no evita introducir ciertos elementos de crítica social en la película, e incluso se permite reflejar ciertos aspectos negativos del régimen a través de un retrato poco complaciente de la policía, representada como un ente casi amenazante e intimidatorio para el testigo, al que culpabiliza tanto o más que al propio autor del asesinato, una visión poco edificante del estamento oficial de la que, incomprensiblemente y como ha sucedido tantas veces, la censura del régimen hizo incompetente caso omiso.


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© texto 2007 Alfredo Moreno
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Versión 15.0- Septiembre 2007