Vestido azul relatos 2.

Javier Lopez Clemente


Vestido azul

El vestido azul -3


     El frío ahuyentó el recuerdo y dejó espacio suficiente para que el pensamiento, disfrazado de raciocinio, buscara alguna explicación lógica al yugo que se había instalado en su vida. Vueltas y más vueltas para no encontrar un ápice de humanidad en el comportamiento de su marido, en los besos que la cubrían para tapar las humillaciones, en las caricias que intentaban suturar las heridas, en las lágrimas vertidas bajo las sábanas y que siempre la convencían de que aquella sería la última vez. ¿Y ella? ¿En que lugar del camino se había apeado el amor? ¿Por qué su corazón estaba dispuesto a esperar toda la vida si ya sabía que la vida no sabe esperar? ¿Cómo podía explicar el mecanismo mental que la estimulaba a trasladar el vestido azul desde el trastero hasta el dormitorio? No comprendía el impulso que la llevaba a dejar el señuelo capaz de despertar a la bestia en lugar de camuflarse entre la maraña de lo cotidiano, hacerse invisible, transparente, pasar inadvertida, desaparecer para siempre

     Imaginó la cara de Vicente y se desnudó en su honor. Se quitó los calcetines y las zapatillas, sobre ellas dobló con cuidado los pantalones y la chaqueta del chándal, la camiseta, el sujetador y las bragas. Tomó entre sus manos el vestido azul y dejó que la suavidad de la tela acariciara su piel. Elena no necesitó ningún espejo para sentirse bella. Tardó varios minutos en encontrar el par de zapatos adecuados y sobre ellos giró y giró y giró con la esperanza de encontrar la felicidad en la fuerza centrífuga. Se detuvo de golpe y comenzó a andar mientras el trastero seguía girando. Elena caminó con la torpeza y la determinación de los muertos vivientes, pasos torpes y sincopados en dirección al cementerio, un trayecto conocido, el vía crucis que tantas veces deseó cuando el dolor parecía irremediable y aquella senda era la escapatoria, el único final capaz de proporcionarle paz y tranquilidad.

     Vicente dedicó la mañana del día de Todos los Santos a limpiar el panteón familiar, una modesta parcela del cementerio viejo dónde descasaban sus padres. El cierzo imposibilitó que los tres arcángeles de piedra resplandecieran como se merecían. Fue una lucha imposible contra el viento que, una y otra vez, depositaba sobre las esculturas la hojarasca del otoño y los restos vegetales que la ciudadanía abandonaba tras engalanar nichos, lápidas y monumentos funerarios con flores recién cortadas en invernaderos de patera.

     Vicente abandonó el cementerio y dirigió sus pasos hacia el camino de gravilla jalonado por dos largas hileras de cipreses, un pasillo que, a modo de frontera, mantenía separados el lugar mudable de los vivos con el espacio atemporal de los muertos. La descubrió al final de la senda pero necesitó asegurarse de su presencia carnal, tras unos segundos asumió la evidencia de que Elena lo estaba desafiando. El mismo cierzo que le había ganado la partida del lustre, agitó el vestido azul, la tela se adhirió al cuerpo de su mujer en un acto que Vicente percibió lujurioso y pasional. El ataque de ira llegó mudo, silencio inédito en el comportamiento del macho, también lo fue la ausencia de aspavientos como presagio de golpes e improperios. Caminó lento, muy lento, tan lento como el camaleón cuando acecha a su presa, gustándose, pasos de torero con gesto torcido, de los que ajustan la espada al engaño y se aproximan a la fiera lento, muy lento, asentando las suelas en los quejidos de la gravilla del camino, arrimándose con cautela y lento, muy lento, hipnotizando al adversario con campanillas de oro y escapularios de plata. Tanta parsimonia duró muy poco. El odio y la ceguera del honor mancillado pudieron más que la escenografía y Vicente aceleró los pasos. La carrera aumentó su ritmo cardíaco, alimentó espumarajos entre las comisuras de los labios y abortó toda posibilidad de retroceso.

     Las zancadas desencadenaron una ecuación matemática. Elena intentó calcular el tiempo que restaba para el choque de los cuerpos, pero el agresor perdió fuelle físico y la aceleración inicial descendió hasta hacer imposible un pronóstico fiable. El retraso elástico del tiempo paralizó su sistema nervioso y Elena sintió como los latidos del corazón reducían la frecuencia de bombeo hasta que sístoles y diástoles se arrojaron por el precipicio de la muerte.

     Vicente lanzó un único puñetazo que se perdió entre las oleadas furiosas del cierzo. El cuerpo de Elena ascendió al Reino de los Cielos cubierto por la mortaja del vestido azul.

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© texto 2008 Javier López Clemente

© ilustración 2008 Rabodiga

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Versión 16.0- Enero 2008