Yellow Cab Co.

Yellow Cab Co. -2-



     Hoy te he visto sin que te dieras cuenta. He salido pronto, dispuesto a despedirme, a ver por última vez lo que más amo de la ciudad, del mundo, y el primer sitio al que ir tenía que ser Juilliard, a mediodía, cuando sales a comer un bocadillo rápido a la cafetería de enfrente, a veces con amigas, a veces con él. Hoy estabas sola y llorabas. El pelo recogido dejaba al descubierto tu rostro enrojecido por el llanto, tus ojos líquidos a punto de desbordarse de nuevo, tus mejillas en erupción, el manto de tristeza que cubría tu delicado perfil. Me ha gustado pensar que tan honda emoción era por mí, que has adivinado mi marcha, mi muerte, que la sientes, que la sufres, que me añoras, que lamentas mi pérdida, que sufres por mi huida. Que tus lágrimas no se deben a que te han ofrecido el puesto que esperabas desde hacía tanto tiempo en aquella orquesta, o peor, a que te ha pedido que te cases con él, o a que al despertarte has descubierto que al fin esperas el hijo que yo te negaba. Luego he dejado de pensar; tu hermosura no me permitía encadenar dos ideas seguidas. Me he pegado a la cristalera y te he observado largamente. Cuando se ha acercado la camarera has recompuesto el gesto admirablemente y has sonreído con la dulzura que ya no recordaba. He sentido envidia de esa camarera que te ve cada día, que comparte unos breves instantes contigo mientras pides tu comida y te la sirve, que puede mirarte y hablarte abiertamente, a quien dedicas una sonrisa protocolaria (pero aun así sonrisa) sin ira, sin remordimientos, sin acusaciones implícitas. He tenido que clavar los pies al suelo para no entrar al local y abalanzarme sobre ti, cubrirte de besos, abrazarte, acariciarte como solía hacer, como tú necesitabas, como suplicabas, como yo sólo puedo ya soñar. Cuando ha llegado tu comida, he decidido marcharme, te he dicho adiós a través del cristal, te he besado, te he acariciado el pelo, la mejilla, la mano, y me he dado la vuelta. Ni entonces ni ahora puedo siquiera conjeturar por qué llorabas, pero todo da igual. Siempre acumulaste demasiado dolor.



Yellow Cab Co.



     He pasado la tarde deambulando por la ciudad, intentando olvidarte, recordarte, sin querer, acumulando en la retina imágenes que ya no volverán: la Biblioteca Pública Municipal, donde nos vimos por primera vez en busca de un volumen de Dostoyevski, nuestra larga charla de horas y horas de cine, literatura, amores, anhelos, sueños, y más cine, y más literatura, y más amores, hasta la hora de cerrar de la cafetería y aquel empleado gruñón que nos echó de tan mala manera; de ahí al Empire State, el primer abrazo, el primer beso desde el centro del skyline, contemplando nubes punzadas por las agujas de los rascacielos, elucubrando sobre las vidas diminutas de más abajo, insignificantes en la euforia del momento, los glóbulos amarillos circulando por venas de asfalto y cemento, fagocitando viajeros y devolviéndolos a la luz a kilómetros de distancia, el centelleo inaudible de las ambulancias intentado abrirse paso entre el mar de carrocerías varadas en hora punta, el, en apariencia, anárquico y sorprendentemente uniforme movimiento de masas de los pequeños puntos humanos por las aceras, como corrientes de agua que se cruzan en diversos sentidos sin mezclarse, sin confundirse…; la hierba de Central Park, las lecturas bajo el sol de la tarde, tumbados viendo pasar la vida, los almuerzos domingueros, aquel ridículo intento por mi parte de ponerme en forma, de querer igualar tu agilidad, tu destreza en el derroche físico, mi abandono avergonzado a los pocos metros, tosiendo, asfixiado, tus risas y tus caricias de consuelo; la vergüenza de mi hombría vengada esa misma noche en la cama de un pequeño hotelito de Brooklyn; los museos, las galerías de arte, las exposiciones de fotografía, tantas charlas, comentarios, anécdotas, los bodegones flamencos, los pintores holandeses, la luz de los cuadros de la exposición itinerante del Museo de Capodimonte, la exposición de Goya, tu favorito, susurrándonos en la oreja la crueldad del mundo; y las aceras, calles, plazas, rampas, escaleras de incendios, ascensores, puestos ambulantes, restaurantes, tenderetes, rastrillos, invernaderos, garajes, edificios, aulas, quioscos, oficinas, coches, vagones de metro, librerías, licorerías, tiendas veinticuatro horas, clubes, bares, cafés, expendedores de perritos calientes, tiendas de discos, de instrumentos musicales, de partituras perdidas, de melodías soñadas, azoteas, alféizares, sótanos, entresuelos y cielos abiertos que pueden testificar que tiempo atrás nos amamos. De todos esos lugares me despedí, una despedida sordomuda, sobrentendida, triste, irrevocable, definitiva. Porque ahora, mientras el coche avanza, ni siquiera desvío un momento la mirada para, a través de la ventanilla, contemplar ni un solo resquicio de la ciudad, ni una esquina, ni un toldo, ventana, semáforo ni letrero, ni un solo mendigo, policía, transeúnte anónimo, ordenanza, conserje de hotel, repartidor, ni un solo coche, escaparate, cartel publicitario, neón luminoso, ni un pedazo de cielo que pudiera retenerme aquí, no quiero cruzar la mirada con la otra despedida, la marea ingente, las pancartas, las marchas en círculo, las grandes fotografías, los gritos,





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© texto 2008 Alfredo Moreno

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Versión 17.0- Junio 2008