Cronista

Vivo o Muerto

Literatura y cine/ Más allá del Spaguetti-Western - 3-

     Como veremos más adelante, la no-identidad aparece de forma recurrente. Norberto Luis Romero nos habla en Vos te llamas Nadie, y sos el bueno de la fascinación por el Spaghetti Western en Argentina. Del cine y de cómo se iba al cine hace años, cuando era un gran acontecimiento social, un modo de relacionarse. Nos habla también de historias surgidas al calor de los disparos, de amores adolescentes, encarnados en un chico rubio, un Terenci Hill, un Clint Eastwood, color amarillo del oro, color dorado del sol del desierto.

     Óscar Sipán nos presenta una historia de contrastes, de odios de la España profunda no tan extintos como quisiéramos, de amores nocturnos y fugaces -de nuevo tendrán como protagonista a un hombre rubio y por tanto, exótico en un pueblo español- y de las terribles consecuencias que acarrea para la chica, la mujer que se queda en el pueblo de siempre, con el recuerdo de aquel actor, un vaquero solitario y taciturno que desapareció igual que llegó, igual que en las películas que protagonizaba: "Pero le pasa como a mí, que nadie le toma en serio. Porque mi apellido no es Expósito: yo soy hijo del pistolero zurdo Lex Archer." También, con el recuerdo de aquellas noches que pronto darán su fruto, un niño rubio con la idea del oeste metida en la sangre, casi de forma genética, la sangre que llama a la sangre, la venganza.

Vivo o Muerto

      Hilario J. Ramírez, en Mi nombre es ninguno juega ya desde el mismo título -al igual que Norberto Luis Romero- con una de las constantes en estas películas, la no identidad de los personajes. Héroes o anti-héroes surgidos de la nada, hechos a sí mismos a base de habilidad armada, personajes surgidos del desierto en busca de un golpe, un tesoro, un misterio que no hace sino encerrar el suyo propio.

     En este caso, podemos asistir al desarrollo de los rodajes en Italia a través de Arturo, un personaje rubio de ojos azules, (como tantos de nuestros héroes) surgido de ninguna parte. A través de su historia podemos asistir al nacimiento del Spaghetti-Western, podemos ver su evolución y cómo, poco a poco, fue ganando en importancia. También, asistiremos a un juego metatextual, pues la historia de Arturo, de los directores, de Carla etc. se apoderan de la situación y el narrador se siente incapaz de darles salvación, asegurando que: "Lo único que intentaba -lo juro- es hablar de amor, de morir por la persona amada, por una película, con clase."

     No podía faltar en esta obra, la referencia a las armas, las verdaderas herramientas del vaquero, armas para matar, sí, pero también para hacer leyenda, para dotar a una tierra y quién sabe si a un país, de una identidad. El relato Colt nos lleva a tiempos no tan remotos donde la fascinación por esa arma, permanece incluso en el espíritu de unos niños, que harán todo lo posible para convertir los tiernos juegos juveniles, en algo más real, y seguro, menos duradero. Porque de un golpe, se puede perder la inocencia, sobre todo cuando comprueban que: "para disparar, hay que valer. Para morir, servimos cualquiera".

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     José María Latorre desarrolla en su relato Cuervo lo que bien podría ser un futuro guión para un Western, donde hay un hombre misterioso, una chica enamorada, varios muertos, la aparición de los indios y un final dado por los elementos, por el paisaje, por la esencia del género. En definitiva, algunos de los principales ingredientes de este género.

     Cierra el libro Acamparemos aquí de Carlos Castán, y vemos que la ilusión del cine era, y sigue siendo, algo contagioso. La ilusión de ver tu pueblo cambiado por el rodaje de una película, de amar lo que antes se odiaba por el mero hecho de que los héroes, el mito del lejano oeste, se convierte en algo cercano. Y poco importa el precio a pagar, porque algunas vidas, se extinguen por un puñado de dólares, o pesetas, pero en realidad, esa vida perdida puede llenar muchas otras. Castán, establece además en el relato un hábil juego entre la ficción de una película y sus consecuencias reales, donde al final todo acaba mezclándose. Porque si una película bien podía cambiar la esencia de las personas de ese pueblo, bien podría variar también el paisaje e incluso dar esencia y vida a algo que no lo tenía.

     Porque a veces, la ilusión de la imagen, el trampantojo, la ficción de la palabra, nos hace mejores, o siquiera más libres, aunque sea un poquito, aunque sólo sea por un momento.

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© texto 2009 Pablo Lorente Muñoz

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©2009 El Cronista de la red

Versión 18.0- Enero 2009