Guillermo Gúdel

Guillermo Gúdel: testimonio - 2-

     Así hacía todas las mañanas cuando su jubilación, buscando palabras para sus versos, colocándolas armoniosamente y correctas, él había sido corrector de un periódico.

     Me decía que su entretenimiento mayor en las trincheras, era un libro. Así que, en sus ratos libres lee y escribe. Un gallego que estaba en el frente a su lado, le recriminaba con cariño y en su idioma, "baste a volver tolo Guillermo". Más de cuatro años usó el uniforme de soldado.

     Acaba la guerra y empieza una nueva vida. Un día conoce a una mujer, Mercedes, se enamora y se casa ilusionado. A ella también le gustan los pájaros y domestican un gorrión que come en sus manos. No sé si entonces escribe ese canto-encanto de libro, a los pájaros, flores y frutos, que titula, "Halago natural de los sentidos" Decía que había querido ser actor, yo no tuve la suerte de verlo nunca, pero sé que actuó varias veces y lo hacía bien.

     Leía y cantaba divinamente, creo que aprendió oyendo a las cardelinas de su pueblo.

     Nos explicaba lo variopinta que era la tertulia del Niké, café de reunión en la década de los cincuenta a sesenta, les servía de escape y se sentían diferentes, y donde un par de contertulios llevaban la voz cantante. Allí se reunían poetas y algún pintor. La O.P.I le llamaban a esa tertulia

     Estamos en los ochenta y voy conociendo su vida, G.M. sigue escribiendo y va publicando, recuerdo que aparece el libro sobre Edith Piaf, a mí me pareció un libro precioso. Tenía Guillermo una ternura infinita por la cantante, la sentía desamparada con aquella su voz desgarradora.

Guillermo Gúdel

     Era sensible a la pintura, le gustaba como pintor Miró y yo pensaba que dentro le había quedado algo del niño que fuera. Un año decidimos exponer juntos, el tenía una colección de Apotegmas y yo hice unos dibujos muy de línea, al final de la exposición me regaló sus máximas. El lugar un sitio que estaba muy de moda, el café El espejo, en la calle Santiago, su dueño un encanto. Desde luego, un éxito de público, amigo.

     Aquel día que se murió su mujer, y que se quedó tan solo, nuestra amistad se va haciendo más grande y asiduos nuestros encuentros y su cara se va alegrando poco a poco, hace retruécanos y nos reíamos con sus juegos de palabras.

     También me acuerdo, desde que lo conocíamos nunca llevaba corbata, pero aquella vez, el día que comenzaron las fiestas democráticas y el alcalde entrega a varios integrantes de aquella O.P.I una publicación sobre diversos actos conmemorativos, que se habían realizado la semana anterior en recuerdo a la mítica tertulia del NIKE. El salón de sesiones con gran ceremonia y puesto de gala. G.G se coloca el traje de escasas ocasiones y un lazo de pajarita, nunca lo había visto así, y también recuerdo que por el contrario el concejal de cultura aparece con el cachirulo al cuello. Esto a mí me pareció muy mal.

     Un día empezó con unas prosas líricas muy bonitas, se publicaban en un diario de la ciudad, otro registro de Guillermo, tan versátil.

     Era generoso y todo el que le pedía ayuda literaria la tenía, entre ellos a mí, dos o tres catálogos de mi pintura me comentó, y de forma muy poética y aguda.

     Le gustaba mucho la mar, la había conocido un poco cuando la guerra. En varios veranos dichosos, pero ya viudo, iba con una familia a una playa del sur, y venía muy tostado, no escribía nada, el verano no le inspiraba, pero nos mandaba postales alegres.

Guillermo Gúdel

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© texto 2009 Berta Lombán

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