Japón 5. relatos de viajes

Carlos Manzano

Cronista

Japón

Japón, universo de contrastes - 5

Shirakawa-Go

     En primer lugar, las dos poblaciones origen y final del camino, Magome y Tsumago (se puede hacer el recorrido en ambos sentidos, aunque partiendo de Magome se hacen más kilómetros de descenso que de ascensión), justifican por sí mismas una visita. Ambas, pero sobre todo Tsumago, son poblaciones rurales de aspecto puramente medieval, con ese encanto especial que ofrecen los espacios donde el tiempo parece haberse detenido para siempre. Ambas poblaciones suelen recibir un importante número de turistas (un turismo sobre todo local, no son muchos los extranjeros que se acercan hasta aquí, ya que no entra en la ruta de los principales touroperadores), aunque son bastante menos los que se animan a completar el recorrido.

     Luce un sol espléndido. Algunas de las casas tradicionales han sido reconvertidas en museos y se pueden visitar, previo pago de la entrada correspondiente. Un grupo de mujeres, presumiblemente de alguna asociación femenina, vestidas todas ellas con el tradicional kimono, acaban de llegar y deambulan divertidas por el pueblo. Les pido que me dejen hacerles una fotografía y acceden encantadas. Una de ellas habla inglés y me pregunta sobre nuestro viaje, qué hemos visto y qué nos ha gustado más. No podemos conversar mucho tiempo porque las esperan para comer. Nosotros hacemos lo propio, aunque elegimos un restaurante de ramen, más barato aunque igualmente recomendable, que hay cerca de allí. Un grupo de japoneses con perros ridículamente vestidos se sienta junto a nosotros. Ahora caigo en que no hemos visto muchos perros ni mascotas por la calle, aunque los que se ven parecen ser objeto de una atención exquisita. Lamento no haber estado un poco más atento en lo que se refiere a este aspecto, porque ignoro si esto que veo ahora es lo habitual o simple coincidencia.



Kanazawa


     A la llegada a Kanazawa nos recibe una fuerte lluvia. Hasta ahora hemos disfrutado, en general, de un tiempo irregular aunque aceptable; ha habido días de mucho sol y otros nublados e incluso levemente lluviosos, pero hoy cae con ganas. Dado que solo tenemos previsto pasar una noche aquí y además es mediodía, dejamos nuestras mochilas en recepción (hasta las cuatro no nos dan habitación), echamos mano de nuestros inseparables impermeables y sin más preámbulos nos lanzamos como si nada a la búsqueda de los más que presumibles encantos que esconden las calles de esta ciudad.

     Kanazawa es una localidad relativamente grande, plagada de enormes edificios y construcciones modernas sin ningún atractivo. Puesto que la lluvia amenaza con persistir durante varias horas, pensamos que lo mejor, de momento, es refugiarnos bajo un techo seguro, y decidimos ir a comer. Sin embargo, y por primera vez en todo el viaje, encontrar un restaurante se convierte en una tarea complicada (por no sé qué razón, en la zona donde nos encontramos no hay demasiados y, además, al ser domingo, los pocos que vemos están cerrados). Llegamos al mercado de Omicho, siempre un buen lugar para dar con algún puesto de comida, pero a esas horas la mayor parte ya han cerrado, así que decidimos probar suerte en un centro comercial que hay justo al lado. Los centros comerciales, además de artículos de consumo, tiendas y supermercados, suelen alojar también un considerable número de restaurantes que ofrecen tanta variedad de menús y de precios como los que se puedan encontrar en plena calle. Habría que decir también que en Japón es absolutamente normal que los restaurantes ocupen el piso 10º o 12º de un edificio. De hecho, algunos de los más recomendables los encontramos tras subir varios pisos en ascensor. El elevado valor del suelo ha obligado a los propietarios a buscar una alternativa viable, aunque ello concuerde poco con la idea que nos hemos traído de España sobre lo que debe ser un local de comidas.

     Carente de un centro histórico compacto y uniforme, Kanazawa se caracteriza por poseer varias áreas históricas diferentes, un tanto distantes unas de otras, que vienen definidas por el tipo de habitantes que las ocupaban en el pasado. Uno de ellos, por ejemplo, es Nagamachi, el distrito de los samuráis, que ocupa no más allá de un par de calles pero donde todavía se conservan algunos de los edificios en los que residían estos guerreros y sus familias -alguno de los cuales se puede visitar-; está también el encantador distrito de Higasi Chaya, que era la zona donde vivían las geishas y donde ofrecían sus servicios (es absolutamente recomendable la visita a una de estas casas, conservadas exactamente igual a como eran en el siglo XIX); tenemos también el distrito de Kazuemachi Chaya, a poca distancia del anterior aunque simbólicamente separados por el río, más pequeño y probablemente con un menor número de edificios preservados, aunque también más recogido e igualmente encantador (y casi siempre a salvo de las hordas de turistas, lo cual no es poco). Pero el atractivo turístico más importante de esta ciudad es sin duda alguna el parque de Kenrokuen, a decir de muchos uno de los tres mejores de todo Japón. En efecto, aun cuando nuestra visita (la mañana siguiente a nuestra llegada) se ve resentida por una suave pero molesta lluvia, el lugar se ofrece todo lo armonioso y delicado que puede esperarse de un parque japonés. Merece la pena invertir unas cuantas horas aquí, seguir con serenidad cada uno de sus bien cuidados senderos, dejarse mecer por el exquisito equilibrio que ofrecen a la vista plantas, flores, árboles y arroyos, sucumbir sin oposición a su extraordinaria melodía sensorial. La visita en un día soleado debe de ser, presumo, aún más placentera.

Japon

Seguir leyendo: Japón, universo de contrastes Siguiente Página
Siguiente Página

© texto y fotografías 2009 Carlos Manzano

Inicio y Acceso al montaje fotográfico

Ir a portada Cronista

©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0 - Septiembre 2009

El cronista de la Red número 19. Biografía, relato, fotografía, arte, dibujo, poesía, libros, traducción, nuevos creadores. Viaje, la historia, la arquitectura y la cultura