Japón 6. relatos de viajes

Carlos Manzano


Japón

Japón, universo de contrastes - 6

Nara

     La proximidad con Kioto y la excelente red de comunicaciones que enlaza ambas localidades hacen de la excursión a esta antigua capital de Japón una de las etapas casi obligatorias de todo viaje por el país. Nara fue residencia de los emperadores durante el llamado -precisamente por ello- periodo Nara, época en la que, dicho sea de paso, se importó la religión budista desde China (aunque sin que eso supusiese el abandono del tradicional shintoismo) y se adoptaron algunas de las costumbres y leyes de la dinastía Tang, que regía por aquel entonces el vecino imperio. Muchos de los templos y santuarios construidos en esa época, aunque convenientemente restaurados o reconstruidos, fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998. Este es, sin duda alguna, el mayor de sus atractivos: el imponente conjunto de templos que alberga. Aparte de eso, Nara es una población relativamente pequeña -al menos para los estándares habituales de Japón- cuyos enclaves principales pueden ser visitados en un día.

     Aquí se halla el que dicen que es el templo de madera más grande del mundo, el Daibutsu-den, situado dentro del complejo denominado Todai-ji y adonde acuden diariamente una pléyade interminable de visitantes, especialmente grupos de escolares, alguno de los cuales todavía se empeña en atravesar una de sus columnas por un agujero hecho en su base (del mismo tamaño que los orificios de las narices del gran Buda que, con más de 50 metros de altura, preside el templo) para, según dicen, garantizarse la "bendición de la iluminación" -aunque a mí, sinceramente, me parecía que se lo tomaban más a modo de un juego que como un ritual auténticamente religioso.

     Otra de las características peculiares de esta población es la nutrida colonia de ciervos que puebla el parque y que, habituados al trato con la gente, se aproximan a los visitantes con total confianza y aceptan cualquier ofrecimiento de comida se que se le haga (de hecho, en el parque hay varios puestos donde se venden unas galletas que los vuelven locos). En cualquier caso, si se dispone de tiempo y el día acompaña, el recorrido que atraviesa el parque de Nara y que conduce hasta algunos de sus templos y santuarios más notables supone una buena ocasión para disfrutar de un relajado paseo por un espacio natural que, fuera de los puntos principales donde se concentran las multitudes, rezuma calma y sosiego por los cuatro costados.

Japon, Carlos Manzano

Kioto

Kioto

     Kioto es por derecho propio el corazón y el alma de Japón. De las grandes capitales del viejo imperio, es la única que no fue duramente castigada por la aviación aliada a lo largo de la 2ª Guerra Mundial. Ha sido también el hogar de los emperadores desde finales del siglo VIII, cuando la corte se estableció definitivamente aquí, hasta la restauración Meiji, en 1868, fecha en que se trasladó a la más moderna Tokio. Aunque el gobierno político hacía tiempo que se había desplazado ya a Tokio (durante el denominado periodo Edo, que era como se conocía entonces a la capital) de la mano del omnipresente shogun Tokugawa, la corte imperial continuó en esta vieja ciudad dedicada a tareas más bien protocolarias y de recreo, sin poder efectivo.

     Es este, sin duda, el mayor atractivo de Kioto: la presencia del tiempo casi inalterado en sus calles. Existen numerosas zonas donde uno puede sumergirse, a poca imaginación que se tenga, en la que debió de ser una de las capitales más fascinantes y maravillosas del planeta. La barbarie urbanística, como en cualquier otro lugar del país, ha hecho también de las suyas; no obstante, se han respetado bastantes áreas y los terribles y feos bloques de edificios se sitúan más bien en zonas alejadas del centro. Aquí en Kioto todavía es posible darse de bruces con auténticas geishas, especialmente si uno se adentra en el barrio de Gion, uno de sus reductos imprescindibles. A última hora de la tarde, cuando se preparan para salir de sus casas debidamente pintadas y ataviadas con sus vestimentas tradicionales, un aluvión de fotógrafos se hace fuerte en la calle con la intención de inmortalizar alguna de estas exóticas aunque no siempre bien comprendidas mujeres. El espectáculo que ofrece esta pequeña multitud de camarógrafos es casi más llamativo que el de las propias maiko (aprendizas de geisha), involuntariamente protagonistas de todo este tumulto. De vez en cuando, un tanto furtivamente, como en un desesperado intento por escapar de los objetivos amenazadores de los turistas, individualmente o en pareja, varias jóvenes maiko van saliendo de sus reductos con cierta timidez. Algunas serpentean por las callejuelas en un intento inútil por esquivar al nutrido grupo de fotógrafos que, a modo de vulgares paparazzis, apenas les permiten caminar en línea recta. La vestimenta de una maiko es mucho más llamativa que la de una geisha, así que su captura fotográfica reviste incluso un interés mayor. No obstante, en todo el tiempo que permanezco aquí, tan solo veo una geisha auténtica, a quien el chófer de un lujoso automóvil ha estado esperando un buen rato a la puerta de su casa. Las demás son maiko, muy jóvenes todas ellas y espectacularmente maquilladas y vestidas. Dicen que todavía quedan unas 100 maiko en Kioto y algo más de 80 geishas, aunque probablemente esta sea una actividad condenada a la desaparición. Tampoco estoy seguro de si se trata de un empleo que merezca la pena conservarse: tengo que admitir que ignoro el alcance real de las actividades de una geisha, aunque como toda ocupación procedente del pasado, pensar en su final produce cierta sensación de pérdida irrecuperable.



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