Miguel Serrano 4. Relatos. Cronista de la Red 19.

Cronista

Danger

Perspectivas -4-



     A fuerza de práctica he conseguido algunas míseras mejoras y consuelos. A mi derecha descubrí una máquina de tabaco, y sobre mí un televisor. Me costó descubrir que eran una máquina de tabaco y un televisor, aunque no pueden ser otra cosa (¿qué otros aparato pueden ocupar el espacio que ocupan en una cafetería?) Imagino que son, como yo, conciencias vivas, mis compañeros de infortunio. Trato de comunicarme con ellos, pero no hay manera. A veces pienso que debo parecer un loco, tratando de hablar con los aparatos eléctricos. Un día se llevaron la máquina de tabaco, y me puse, a pesar de todo, muy triste. El televisor, encendido de vez en cuando, consigue la atención perezosa de alguna de las personas que hay por el bar, sobre todo cuando hay fútbol, o las mañanas de mayo en que ponen un partido de tenis de Roland Garros. Me asombra que después de tantos años sean los mismos jugadores los que ganan el torneo, una y otra vez, como si el tiempo no avanzara. Me pregunto si el televisor se sentirá halagado y feliz, o si esas miradas vacías le recordarán épocas pasadas de su vida anterior y lo harán sufrir. Si pudiera hablar con él, si pudiera comunicarme con él, se lo preguntaría.

     En cuanto a mí, un día supe cómo soy. La casualidad, si es que la casualidad existe, quiso que fuera la propia Ana la que me lo desvelara. Ana, ahora, es profesora de la facultad. Estuvo unos años fuera (en Nápoles, creo) haciendo la tesis doctoral, y volvió hecha toda una mujer, y ahora da clases de Mecánica, por lo que he podido descubrir. Sigue guapísima, los años le han dado una apariencia más serena. De alguna forma se ha convertido en la mujer que yo imaginé que sería la primera y única vez que la vi. Suele vestir una bata blanca, quizá para que los alumnos de dieciocho años no se le despisten. Muchos profesores recurren a la bata blanca, como si esto fuera un hospital y los alumnos fueran pacientes de la unidad de cuidados intensivos. A veces Ana baja con Andrés a tomar café, se ríen y se besan, y creo que es mejor así. Viven juntos, si no he entendido mal. Andrés se ha dejado barba (yo siempre quise dejarme barba, pero la consistencia no me acompañaba). Me gustaría creer que fui yo quien los unió, que la experiencia de ver cómo yo me chamuscaba creó entre ellos un vínculo que ha sobrevivido todos estos años, un vínculo eléctrico (perdonen el chiste fácil). El caso es que un día de mayo Ana entró al bar con gafas de sol, supongo que llegaría de la calle, se detuvo unos segundos a unos pocos centímetros de mí, por casualidad, y me vi reflejado en los cristales, y me reconocí. La verdad es que no soy nada del otro mundo, sobre todo si se me compara con el televisor, o incluso con los relojes de pared. No creo que mida más de veinte centímetros de diámetro. El rojo es mi color predominante. Tengo escrito sobre mí dos palabras inglesas, que me avergüenzan pese a mi estado no corpóreo. "Lucky Strike". Eso es. Un golpe de suerte. El golpe de suerte que me libró de una vida de tedio y miserias, el golpe de suerte que aceleró mi combustión. Ahora dudo de haber visto lo que vi, ese reflejo, a pesar de que lo vi, estoy seguro.

Lucky Strike

     A veces me da por pensar en mi cuerpo, en mi cadáver, la parte que dejé tras de mí aquel día, y me pregunto si me incineraron o si metieron mis restos en un ataúd y me enterraron. La primera opción parece la más razonable, dadas las circunstancias. A veces me da por pensar en la muerte, en la desaparición definitiva, que sigue sin darme miedo, y también trato de encontrar una explicación para lo que me ha pasado, pero mis conocimientos de física no dan para mucho, no sabría decir qué sucede con los impulsos eléctricos que configuran el pensamiento después de la desaparición del ser vivo que los generaba. Lo que me lleva a preguntarme si yo soy un ser vivo, una pregunta para la que de momento no tengo una respuesta.

     En fin, parece que me he reencarnado (es un decir) en un anuncio publicitario, o en el recuerdo de un anuncio publicitario de tabaco rubio. ¿Por qué precisamente esa marca, la marca que yo fumaba cuando fumaba, cuando vivía, cuando no dependía de cables? Cualquiera sabe. Ya nada importa, ni siquiera las explicaciones. Algún día los dueños del bar se cansarán de mí (la verdad es que no valgo para mucho, a diferencia, por ejemplo, de la máquina de café) o harán reformas, o recibirán una carta que les avisará de que se prohíbe la publicidad de tabaco en los bares, y me arrancarán por fin de la pared. Me tirarán a la basura, o me arrinconarán en un almacén, desconectado, y descansaré por fin. Espero que ese día no tarde en llegar.

© texto 2009 Miguel Serrano Larraz

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©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0 - Septiembre 2009