Gato Verde, de Ramón Calzadilla

Gato verde, Ramón Calzadilla, 2008

Criptonita

pATRICIA ESTEBÁN ERLES (*)

      Hay ciertas cosas que sólo ocultamos para mostrarlas.

      (Montaigne)

      Hace unos años compré por internet un fragmento de criptonita. Antes de que ocurriera lo de mi gato Carygrant, aquella piedra supuestamente llegada de Kripton ocupaba siempre el mismo lugar en mi cajón de las bragas y podía verla nada más abrirlo, pegada a la esquina izquierda, ahí, justo encima del sobre de papel de estraza donde tengo por costumbre meter cada sábado la paga semanal del súper. A veces, sobre todo si había tenido un día especialmente atroz en el trabajo, me gustaba entrar en mi dormitorio, pararme ante el espejo de la cómoda con la blusa del uniforme medio desabrochada, abrir el cajón y buscarla a tientas. Me gustaba sentir su frío mineral entre los dedos, rozarme con ella el lóbulo de las orejas y la garganta, mientras el pobre Carygrant, tumbado sobre la cama, espiaba mi reflejo en el estaño carcomido, igual que un esposo paciente.

     ¿Que cómo descubrí que la criptonita existía? Pues de la forma más tonta y americana que uno pueda figurarse, la verdad. Sentada un sábado por la tarde en la penumbra de un cyber de mi barrio, rodeada de amantes de la pornografía infantil y los videojuegos salvajes, di por casualidad con Kriptonya, la página de dos geólogos yanquis de la universidad de Wichita, Wisconsin, llamados Parker Lewinston y Cole J. Bowles. La web contaba que doce meses antes aquel par de treintañeros de pelo pajizo que ahora mostraban impúdicamente sus dentaduras caballunas mientras sonreían a cámara, abrazados como viejos amigos de la escuela y con esa expresión radiante de quienes han conseguido forrarse a una edad razonable, habían recibido una beca estatal para financiar su viaje al este de Europa y llevar a cabo una prospección experimental en la zona sur de Serbia. Seguramente, Lewinston y Bowles habían sido los dos hombres más felices del mundo durante aquella expedición, porque en Serbia todavía humeaban las hogueras de los últimos bombardeos y sólo las ventanas vacías de las granjas abandonadas que iban dejando atrás parecían espiarles con cierto aire censor. Lewinston y Bowles, acostumbrados a alimentarse con sándwiches de pavo y soledad de laboratorio, no echaron de menos su casi total ausencia de contacto con otros seres humanos durante el periodo que pasaron dinamitando el suelo serbio como dos nibelungos febriles. Qué va. Apenas hablaban entre ellos y tampoco parecía impresionarles mucho aquel entorno fantasmagórico, donde de vez en cuando encontraban algún esqueleto de animal en el claro de un bosque, o un trozo de pierna infantil con los cordones de la bota todavía perfectamente anudados a la entrada de una aldea ennegrecida por el fuego.

     Durante unos meses, Lewinston y Bowles habían seguido cavando agujeros por todas partes sin inmutarse hasta que al fin dieron con un pequeño pozo abandonado desde antes de la guerra. No fue necesario que utilizaran la fuerza en esta ocasión. Igual que una mujer desfallecida al pie del camino por culpa del hambre y el horror continuados, aquella mina se abrió de piernas para ellos sin ofrecer resistencia y dejó que los dos recorrieran excitados varias de sus galerías subterráneas y hallaran sus paredes recubiertas de un cristal semiopaco, sorprendentemente parecido en su tono verdoso y, según comprobaron luego, también en su composición química (hidróxido de sodio, boro y litio fusionado con flúor) al mineral radiactivo que conseguía dejar fuera de combate al pobre Superman.

     Continué leyendo. Kriptonya avalaba la autenticidad de cada pedazo de piedra extraída en aquel yacimiento serbio con un certificado firmado ante notario. Cómo resistirse. Yo al menos ya no pude hacerlo, cuando cometí el error de echarle una ojeada al catálogo de piezas de criptonita que se hallaban disponibles. Las había de todos los tamaños, formas y precios, un surtido infinito de galletas verde ojo de pantera. Al final, medio deslumbrada por la luz fría que emanaba de ellas, me decidí a comprar un guijarro pequeño, un fragmento redondo y algo más oscuro de lo normal, que era el único que podía permitirme con mi sueldo.


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© texto 2009 Patricia Estebán Erles

     * Este relato pertenece al volumen colectivo "Al final del pasillo. Terror, ciencia ficción y literatura pulp en Aragón" (Comuniter, 2009).

©2009 El Cronista de la red

Versión 19.0 - Septiembre 2009