Gato verde
Criptonita -2-

     No me planteé, lo reconozco, que algo tan minúsculo pudiera resultar peligroso. La ciencia no lo había previsto, de hecho la página de Lewinston y Bowles aseguraba que la criptonita era inofensiva. Después de someterla a cientos de pruebas clínicas, sus descubridores ratificaron que se trataba de un compuesto que no poseía ni medio átomo de radiactividad, duro como el diamante, sí, pero perfectamente inútil si no fuera por su turbia belleza. Imagino que a muchos de esos ex niños de los años setenta que en su día habíamos acudido en manada al cine con anoraks y pasamontañas, y vimos sufrir al pobre Christopher Reeves un tremendo cólico de riñón cuando aquellos tres malvados que viajaban por toda la galaxia metidos en un prisma romboidal le acercaron al rostro un pedrusco made in Kripton, nos dio igual que la criptonita auténtica fuera tan inservible como el cristal de un culo de vaso. Aunque, en honor a la verdad confieso que a mí Superman me parecía mucho más irresistible sin el caracol engominado de la frente, cuando sentía que todos sus superpoderes se le evaporaban como por arte de magia a través del tejido interestelar de sus mallas azules sin que él pudiera hacer nada para evitarlo; cuando notaba, perplejo, que por primera vez en su vida le estaba saliendo sangre por la nariz tras recibir la soberana paliza de un camionero, una sangre de color café americano; cuando, en fin, miraba suplicante a Louis Lane tumbado en el suelo, como pidiéndole que por favor no lo abandonara en aquel bar de carretera aunque tuviera una pinta tan lamentable, con esas gafas torcidas de miope y la camisa afranelada de cuadros abrochada hasta el último botón. No sé. Creo que a mí en el fondo me gustaba saber que un tipo tan formidable como Superman podía verse metido en apuros por culpa de algo en apariencia insignificante. La piedra de Kripton era un misterio de reducidas dimensiones y un alcance galáctico. Por eso, supongo, me gasté trescientos klanhams y pagué con la tarjeta de crédito mi rescoldo de criptonita, porque creía en ella y en sus poderes secretos, dijeran lo que dijeran aquellos dos bobos de Lewinston y Bowles. Recuerdo aún la emoción que sentí la mañana en que el cartero llamó al timbre y me sacó de la cama para entregarme un paquete de cartón, cuidadosamente precintado y mil veces más grande que el tesoro que contenía. Era como si de pronto me hubiera llegado por correo el manual de instrucciones de la perfecta mujer fatal, y yo pudiera decidir libremente si quería o no utilizarlo. En aquel instante elegí guardarla en el cajón de las bragas de mi habitación, y no enseñársela nunca a nadie, ocultarla como se silencian algunos adulterios prolongados entre vecinos de rellano o la extraña fijación a la ropa interior equivocada de un honorable padre de familia.

Lucky Strike

Mujer sensible a la criptonita, Rosana Piccini, 2008

     Nada de lo que luego pasó había sucedido aún y yo fantaseaba a veces, me imaginaba que en cuanto esa zorra de la señora Curski se dignara por fin a pagarme las horas extra de las últimas navidades, llevaría mi criptonita al bazar de baratijas y babuchas puntiagudas de la calle Trementine y le pediría al dueño, un pakistaní enorme y silencioso con manos de color estradivarius, que la engarzara en un colgante de plata oscura, casi negra. Pero la verdad es que nunca llegué a hacerlo, igual que nunca he sido capaz de dejar de morderme las uñas, por más que lo haya intentado. Después de un tiempo siempre acabo acostumbrándome al sabor a azufre y al hedor de los remedios que me aconseja la rubia señorita Plenfes, que es la dueña de la farmacia que hace esquina con la calle Lenin. Sigo comiéndome las uñas, a pesar de que aúllo de dolor cuando friego los platos y de que me da mucha vergüenza enseñar las manos en ese estado de onicofagia crónica. Miro mis dedos en carne viva, encojo los hombros, y opto por meter las manos en los bolsillos del abrigo o por esconderlas detrás de la espada. Me resigno, del mismo modo que cuando al fina la zorra de Curski accedía a abrir la caja fuerte de la oficina refunfuñando y saldaba su deuda con un puñado de billetes mugrientos. Para entonces yo ya necesitaba invertirlos en un par de medias, en un recibo atrasado del agua o en un frasco de champú especial para gatos albinos. Aun así, pese a las promesas incumplidas, mi pequeña criptonita me alegraba cada regreso a casa y me gustaba tanto el solo hecho de poseerla como atravesar descalza las baldosas frías del pasillo con Carygrant enredado entre las piernas, o comer a cucharadas una tarrina de helado de plátanos y nueces, robada por la tarde en la tienda de la bruja Curski, sentada a oscuras en sofá, frente al viejo televisor en blanco y negro, con el cebreado de una película muda arañándome el rostro.

     Sí, ahora lo sé. Éramos felices así, mi criptonita, mi gato blanco Carygrant y yo, al menos lo fuimos hasta que un viernes, casi a la hora del cambio de turno, Grandísimo Hijo de Puta apareció al final de una larga cola en el supermercado, con su paso lento, su pelo rojo y sus pestañas abrasadas. Llevaba puesta una viejísima camiseta gris que me recordó sin saber por qué a un pulmón enfermo, y en la mano sostenía un tomate bien colorado. Sólo uno. Al llegar junto a la caja hurgó en el bolsillo de su pantalón hasta encontrar dentro una moneda tan pelirroja como él, que dejó sobre el mostrador. Miré sus uñas mordisqueadas, sus dedos huesudos de músico mal alimentado. Y por primera vez hice caso omiso del reglamento de la casa que nos obligaban a cobrar las bolsas de papel a los clientes que compraban artículos por un importe menor a seis klanhams, y le tendí una para que metiera dentro su tomate.

Gato verde

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© texto 2009 Patricia Estebán Erles

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Versión 19.0 - Septiembre 2009