Patricia Esteban 4. Criptonita.
Relatos. El Cronista de la Red 19

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Gato verde

Criptonita -4-

     La cosa duró dos meses y medio. Dos meses y medio durante los cuales Grandísimo Hijo de Puta siguió zampándose mi comida, echándome algunos polvos de lunes y gritándome desde el colchón que no olvidara dejarle dinero para tabaco y cuerdas de guitarra, antes de salir hacia el súper. Yo separaba unas monedas de la compra diaria que dejaba sobre la mesa de la cocina, sin rechistar. Añoraba a veces el sabor del helado robado, sí, y había abandonado ya definitivamente aquella firme intención de pararme un día en la tienda del pakistaní y encargarle un colgante para mi criptonita, pero no me decidía a renunciar a aquel tipo flaco con pelo de escocés y creo que así habría podido pasarme toda la vida si él no se hubiera largado sin más aprovechando mi turno de mañanas. Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta de la calle al salir.

     A una casa robada se le queda cara de tonta. Pasado el primer susto y aquellos momentos angustiosos en que imaginé a Grandísimo Hijo de Puta muerto de un disparo en la cabeza, mirándome con una expresión asombrada desde la cama, como increpándome que lo hubiera dejado solo y a merced de unos atracadores sin escrúpulos, lo busqué por todos los cuartos, me aseguré de que los ladrones no lo habían metido a empujones, amordazado y desnudo, en el armario. Descubrí que había ido riéndose de cada una de las habitaciones del piso de la portería del número 33 de la calle Progrom antes de marcharse. Se había llevado a su guitarra la yonki, las últimas monedas que le había dejado sobre la mesa, pero también mi televisor y dos manzanas que quedaban dentro de la nevera. Encontré el cadáver de una toalla lila y empapada en el suelo del dormitorio. Mi hucha de escayola en forma de geisha japonesa, ataviada con kimono rojo y sombrilla a juego, yacía hecha pedazos junto al mueble de los libros, a pesar de que la pobre nunca guardó en su interior una sola moneda y yo sólo la había comprado porque me gustó el aire de paseante feliz por un jardín rodeado de estanques y flores de loto que tenía en el todo a cien del barrio.

     Volví a mi cuarto. Retiré a toda prisa las sábanas de la cama para meterlas en la lavadora, abrí el postigo del balcón y dejé que entrara aire puro. De pronto me dio una vergüenza horrible aquella gripe emocional de dos meses que me había dejado tan flaca. Pensé en bajar a comprar un pollo asado con patatas fritas bien grasientas, sí, cogería dinero y compraría también una botella de limonada fría, una barra de pan recién horneado, hasta una ración de pastel de queso para el postre. Sentía de golpe un hambre atroz. Me abalancé sobre la cómoda y abrí el primer cajón de la cómoda, casi salivando. Busqué con los ojos la esquina izquierda, pero el sobre de papel de estraza con mi dinero no estaba allí, ni tampoco la criptonita. Sólo encontré un desorden de bragas, tristes bragas de diario, de algodón gastado y elásticos flojos, de esas que cada mañana cogía al azar con los ojos aún enredados de sueño, antes de salir disparada camino de la ducha.

     Me temblaron las piernas. Me picaban las yemas de los dedos de las manos y cerré el cajón, como huyendo de un nido de ortigas. Me di la vuelta y justo entonces escuché un maullido desgarrador que me sobresaltó. Un grito de animal encerrado, aunque todas las puertas, todas, estaban abiertas. Eché a andar. Me oía a mí misma llamando a Carygrant por el pasillo, pero él no me contestaba, sólo le oía maullar, ajeno a mi voz, dolorido, asustado, desde el interior de algún hueco, igual que un gato de faraón, enterrado vivo junto a su dueño.


Gato verde

     Y de pronto, la vi. En el suelo, sobre una de las baldosas blancas, estaba mi criptonita, como una cucaracha anómala, igual de inmóvil, emitiendo un latigazo de luz alfa, color fondo de estanque de cementerio. Rodeada de un hilo de baba verdosa que reptaba hasta la cocina, como si fuera el dibujo agónico, el pentagrama de un quejido de gato. Carygrant está dentro de la lavadora, pensé, sorteando la piedra y el hilo viscoso de saliva, siguiendo su rastro. Puede que así fuera, pero no tuve tiempo de comprobarlo, porque justo cuando iba a poner el pie en la cocina una sombra verde estropajo salió de allí como una exhalación, esquivándome, y atravesó el pasillo. Un minuto después volvieron a escucharse maullidos, desde otro agujero de la casa. Carygrant se había escondido entre las toallas blancas del altillo del armario, quizás, o en el fondo del cesto de ropa sucia de la galería. No he vuelto a verlo, él se cuida de esconderse antes de mi regreso a casa, y sólo abandona su guarida para alimentarse y beber agua. De vez en cuando encuentro una cagarruta de color lagarto en medio de la bañera o sobre mi almohada. Suspiro. Salgo en busca de un trozo de papel higiénico y maldigo a Lewinston y Bowles, aquel par de estúpidos hombres de ciencia que no fueron capaces de prever el catastrófico efecto de la criptonita en los gatos blancos.

© texto 2009 Patricia Estebán Erles

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Versión 19.0 - Septiembre 2009