Senderos página 3/5. Sergio Borao Llop.

Cronista

senderos
Sergio Borao Llop
página 3/5

Reparamos, sin inquietud, en que hemos perdido la cuenta de las encrucijadas, en que hace ya rato que dejamos atrás el último refugio, en que ni siquiera recordamos con precisión el nombre del lugar al que nos dirigimos, pero todo eso, ahora, carece de importancia, porque el sendero está ahí, claro y nítido ante nuestros pies, exploradores que van marcando sus huellas en la tierra blanda y ahondan más y más en el corazón del bosque.

Es entonces, (o tal vez un poco más atrás, cuando divisamos en la distancia la caseta del último guardabosques) cuando nos percatamos por vez primera de nuestra absoluta soledad. Será como un pinchazo, como un rebuscar entre las páginas de un libro y no hallar aquella flor de nuestra adolescencia, aquel aroma de nuestro primer beso furtivo. Alrededor no habrá nadie. Recordamos, es cierto, habernos cruzado con otros caminantes, haber compartido pequeños trechos, cigarrillos y breves conversaciones con alguno de ellos, habernos separado, no sin un leve abrazo y un suspiro melancólico, de aquellos que nos resultaron más queridos y que nos dijeron adiós en las múltiples bifurcaciones, en las que cada cual había de seguir su propia ruta. Recordamos haber charlado con muchos y admitimos haber olvidado a muchos otros. Pero ahora, aquí arriba, pensamos que el ascenso sería sin duda menos fatigoso en compañía de alguien con quien poder compartir el sol y el agua, de alguien a quien mostrar las maravillas que vamos dejando atrás con mayor premura de la que en verdad desearíamos, de alguien que nos animase y a quien, a nuestra vez, animar en los momentos más difíciles del ascenso, en esos momentos en los que uno piensa que jamás llegará a su destino y que mejor hubiera hecho en darse la vuelta apenas comenzado el viaje. Y en cambio, nos hallamos solos, sin otra compañía que los árboles, cada vez más escasos, cada vez menos frondosos, y las matas amarillentas y el canto uniforme y tedioso de los grillos.

Más arriba, los árboles desaparecen, convirtiéndose en recuerdo, y sólo quedan la piedra y los tristes matojos. Sin la protección del bosque, pensamos entonces, por vez primera, en los posibles peligros. En la noche que se va acercando, acompañada de breves ráfagas de una brisa fría, en las víboras, en los acantilados. Hay entonces un minuto de desconcierto, de terror, un mal minuto en el que decidimos regresar, pero miramos hacia atrás y descubrimos que es demasiado tarde, que está anocheciendo y el camino de regreso ha de ser forzosamente largo, que el lugar al que desearíamos regresar tal vez no existe ya. Entonces sólo queda apretar los dientes y seguir hacia adelante, cruzar ante aquella roca, atravesar la hondonada que se divisa al fondo, doblar el siguiente recodo y esperar que tras él se halle aquello que buscamos, confiar en que seamos capaces de reconocerlo. Y siempre, en caso contrario, caminar un poco más, una curva más, una roca más, con firme decisión hacia adelante, hacia adelante siempre, hacia la cumbre...

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