Marisa Lamarca
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            Era la mañana de un día de finales de primavera, cuando el sátrapa feudal Toyotomi Hideyoshi penetró en el brumoso bosque de bambú. Envejecido y solo, dejando por unas horas sus responsabilidades y dominios, había adquirido la costumbre de internarse en la foresta buscando la serenidad. Pero esa mañana, ni el rumor del agua, ni la fragancia de los crisantemos silvestres calmaron, como en otras ocasiones, la agitación que lo consumía desde el día que murió su amigo Sen-no-Rekyu.

            Rekyu, considerado como un excelente maestro de té, había mandado construir en su jardín una casita pequeña, muy sencilla, de tan sólo cuatro tatamis y medio. Una pintura caligráfica en la pared principal, el incienso humeante y unas flores en el nicho para las ofrendas, era cuanto se podía apreciar en su interior. Ningún lujo, ningún ruido ni color extraños, nada que pudiera perturbar la serenidad que se pretendía. En ella, todo aquel que era invitado debía despojarse de sus armas antes de entrar. Era allí donde el maestro oficiaba ceremonias de té para sus invitados. A Hideyoshi le maravillaba, sobre todo, la sencillez y calma que imprimía a todos sus actos y, con los años, aprendió a conocer a Rekyu tanto como éste lo conocía a él.

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