La Sonrisa de Hiderosi. 1/4 Marisa Lamarca.

Cronista

Marisa Lamarca
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Rekyu, considerado como un excelente maestro de té, había mandado construir en su jardín una casita pequeña, muy sencilla, de tan sólo cuatro tatamis y medio. Una pintura caligráfica en la pared principal, el incienso humeante y unas flores en el nicho para las ofrendas, era cuanto se podía apreciar en su interior. Ningún lujo, ningún ruido ni color extraños, nada que pudiera perturbar la serenidad que se pretendía. En ella, todo aquel que era invitado debía despojarse de sus armas antes de entrar. Era allí donde el maestro oficiaba ceremonias de té para sus invitados. A Hideyoshi le maravillaba, sobre todo, la sencillez y calma que imprimía a todos sus actos y, con los años, aprendió a conocer a Rekyu tanto como éste lo conocía a él.

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