La Sonrisa de Hiderosi. 2/4 Marisa Lamarca.

Cronista

Sonrisa

Marisa Lamarca
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Habían sido amigos durante mucho tiempo y a pesar de que en ningún momento Rekyu había mostrado una actitud servil con su protector, el gran guerrero siempre buscaba su compañía. Pero, eran tiempo difíciles para todos, la desconfianza era moneda de cambio y cuando voces malintencionadas susurraron al oído del gobernante que Rekyu participaba en una conspiración para envenenarlo cuando acudiera a la siguiente cita, la cólera se apoderó de él. No lo dudó: fue a su casa y en la sala de té, lo acusó de traición. Sin darle opción a defenderse, le comunicó que había ordenado su ejecución. Sólo le había concedido el honor de quitarse la vida.

Depués de la muerte del maestro, mandó confiscar y sellar su casa y sus familiares y amigos cayeron en desgracia. Dicen que, desde aquel día, todo el mundo evitaba hablar de Rekyu en presencia del déspota por no provocar su cólera. Sin embargo, los más cercanos advirtieron un cambio singular en la actitud de Hideyoshi: comía y dormía mal y día a día se iba volviendo más silencioso. Y es que, contrariamente a lo que era habitual en él, cuando Rekyu se suicidó, de inmediato, sintió que se había equivocado. Lo que más le exasperaba era desconocer el significado de semejante contradicción: Rekyu era un traidor y esta ofensa no tenía otro desenlace que la muerte; el honor estaba por encima de cualquier disposición personal. Pero, cuando se constató que aquella denuncia era falsa y que la conspiración no había existido, hacía ya tiempo que Hideyoshi estaba convencido de su equivocación.

Si en los meses siguientes al fatal desenlace los pensamientos lo habían perturbado hasta la extenuación, éstos habían dejado paso, con el tiempo, a una persistente melancolía que se alimentaba de imágenes y sensaciones y que, al serle impropia, el déspota no sabía cómo hacerle frente.

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