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Senegal: armonía africana
CASAMANCE

Casamance Senegal

Casamance se halla al sur de Senegal. Es una zona extensa, de amplia vegetación, a diferencia de la zona norte del país. Se encuentra recorrida casi en su totalidad por el río Casamance, el cual articula y dota de personalidad propia a la zona: gran parte de la vida está basada en el río. Es una zona tranquila, llena de pequeñas islas y hermosas playas, muy atractivas al turismo convencional. Aquí podemos hallar asimismo la población de Mlomp, donden se encuentran cierto tipo de edificaciones de dos pisos de altura en un estílo único en el país. La población, mayoritariamente de la etnia Diola, se divide entre musulmanes, católicos y animistas. Y esa riqueza de culturas es bien apreciada por el viajero, sobre todo al descubrir algunos de los lugares sagrados utilizados en los rituales animistas, que tan exóticos nos resultan.

La capital de la región de Casamance es Ziguinchor. No es una ciudad excesivamente grande, por lo que permite ser visitada sin excesivos problemas. Como buena capital africana, la calle representa toda su pulsión vital, distribuida en cientos de puestos donde todo se vende y se compra. En Ziguinchor se concentra el mayor número de católicos del país, y por ello posee su propia catedral. Por lo demás, su importancia real reside en ser nudo de comunicaciones de la región, y lugar desde donde lanzarse a recorrer la Casamance.

Uno de los centros de mayor tirón turístico de la región es Cap Skirring, zona de hermosas y amplias playas casi dedicada por completo al turismo. Sin embargo, la belleza del lugar y la idiosincrasia propia de las poblaciones anejas bien merece que el viajero pierda un poco de su tiempo disfrutando de un siempre bienvenido y reparador descanso.

Más al interior, la isla de Karabane aparece como un auténtico paraíso. El único hotel del lugar garantiza la absoluta tranquilidad para quien llega hasta ella. La población prosigue su vida sin prestar atención a los que van y vienen, y el viajero tiene ocasión de disfrutar de todo sin la menor incomodidad. Los días transcurridos allí, incluyendo la visita a alguna que otra isla cercana -como por ejemplo la isla de Hitou, abundante en fetiches y lugares sagrados- facilitan al viajero cuando menos una mínima inmersión en aquella atmósfera liviana y sutil, donde la vida fluye más que transcurre, donde el silencio reinante permite apreciar los tambores que alguien golpea a lo lejos con un sentido innato del ritmo, donde el aire siempre fresco reaviva la piel de quien no ha parado de sudar ni un minuto durante los últimos días. Sólo los inevitables mosquitos impiden que Karabane alcance la categoría de auténtico edén.

Pero Casamance no acaba ahí; cualquier espacio, las impresionantes ceibas -en algunos lugares árboles sagrados- que aparecen por doquier, las poblaciones siempre acogedoras y vivas, las peculiares construcciones de algunos poblados -por ejemplo, determinadas casas especialmente preparadas para recoger el agua de lluvia-, y un sinfín de detalles más convierten esta rica área africana en el espacio que más impresiona al viajero, que mejor le compensa cualquier desabrimiento sufrido. Adentrarse en canoa por algunos de los brazos que el río Casamance forma al entrar en contacto con las islas y pasear tranquilamente por alguna de éstas es una de las actividades más agradables que se pueden hacer en esta región. Para el visitante que pueda disponer de varios días, las localidades de Oussouye y Elinkine participan igualmente del mágico encanto de Casamance.

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© 2001 texto y fotografías Carlos García Manzano

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