María J. Gutiérrez
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Es casi madrugada en la ciudad. En la quietud incierta y gris, tan gris, que precede al alba, el aire quieto está lleno de apacibles presencias. Son los ángeles de la guarda de tantos durmientes, que se toman un respiro para charlar. Los ángeles no duermen -no lo necesitan- pero sí esperan de vez en cuando poder liberarse de sus tensiones y descansar fumándose, por ejemplo, un metafórico cigarro, o tomando un ligero café con leche mientras saludan al amigo más próximo o a aquel que no veían desde hacía varios años.

Los ángeles sienten, hablan, sonríen y dan abrazos. Los ángeles tienen conocidos y también amigos íntimos. Los ángeles piensan, rezan, se preocupan y se cansan. Los ángeles, en suma, existen.

Por eso, esta es la historia de un ángel. De un ángel de la guarda.

*

Aquella noche, Melquisedec estaba cansado. No siempre era tan fácil ser ángel; su protegido, hoy, había estado en peligro no sé cuántas veces. No era peor ser custodio de un niño que de un anciano, eso ya lo sabía; pero, hombre, de una vez para otra uno iba perdiendo práctica. Por otro lado, estaba lo de su nombre. Llamarse Melquisedec, por muy honroso que pudiera resultar, era también un problema. Habitualmente, ni el niño, ni su madre, atinaban a dar con el dichoso nombre en bastante tiempo. La última vez, el "niño" en cuestión tenía 27 años cuando lo descubrió, por pura casualidad, en un calendario.

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