María J. Gutiérrez
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Régis negó con la cabeza, abatido.

-No, Melquisedec. Te equivocas. Me equivocaba yo al creerlo. Mira. No tiene hijos. Ni padres. Ni pareja. Apenas tiene amigos. No sufre por nadie ni nadie sufre por él.

-¿Ni él por sí mismo?

-Antes sí. Se acordaba de mí, como tú dices, al emprender un viaje. Pero, ahora... Se ha comprado un bólido de esos, con cuatro airbags, dos frontales y dos laterales, barras de protección, ordenador de a bordo y cabina indeformable. Creo que no duerme mientras conduce porque le gusta conducir. -Régis parpadeó-. Antes, yo era su memoria, le recordaba citas y eventos importantes. Ahora se ha comprado una agenda electrónica que le avisa de todo cuanto necesita saber, y si está en casa o en los hoteles mantiene siempre encendido el ordenador. Yo le hacía compañía cuando estaba solo, le sugería una llamada, una visita, o un paseo, muy sutilmente. Juntos íbamos a los museos, al cine, a visitar tiendas, simplemente. Ahora, ese dichoso teléfono móvil va con él a todas partes, jamás lo abandona, ya nunca, nunca está solo. No lo dejan en paz. Siempre hay alguien dispuesto a comunicarse con él... ¡A comunicarse! ¡Bah! Están olvidando el verdadero significado de esa palabra. Ha dejado de ir al cine, a los museos y a las tiendas. Ya no tiene tiempo.

-Pero, Régis, algo habrá que...

-Nada. No hay nada.

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