María J. Gutiérrez
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Régis levantó la cabeza al cielo. La luna, muy alta, tenía una redondez plena, maternal. Los ojos color ámbar la reflejaron, cristalinos, y goteó una lágrima transparente. El ángel se pasó la mano por el rostro y bajo la nariz.

-Yo era su despertador. De siempre, desde niño, le gustó ser puntual por la mañana. Yo le despertaba. Entraba despacio en la habitación y le susurraba al oído la hora que era. Jamás remoloneó. Jamás le fallé, ni un solo día me olvidé de avisarle. Y tú sabes que, a veces, sucede.

Melquisedec asintió en silencio. Sí, a veces, un ángel también se despistaba, sobre todo después de una noche muy larga de insomnio en que había estado junto a su protegido velando una enfermedad, consolando una angustia, o luchando denodadamente por liberarlo de un mal sueño, incluso participando activamente en éste contra las sombras. Se les pasaba la hora. Los ángeles necesitan las horas de ausencia paseando y refrescándose junto a sus colegas en la ciudad dormida. Era como su sueño, su reposo.

-Nunca me olvidé de avisarle, Melquisedec, por muy cansado que estuviera. Creía que a él le gustaba despertarse así, estaba seguro. Su reloj biológico, me llamaba. Y estaba orgulloso de lo bien que marcaba las horas. Ahora se ha comprado un despertador de última generación. Le despierta con las noticias. Nefastas, casi siempre. Contribuyen a amargarle el día. Fue hace poco, cuando se lo compró. Y entonces sentí que se rompía el último cabo que me ataba a él. Ya no existía ese recuerdo nocturno, ese instante de pensamiento que me dedicaba, su particular manera de decirme buenas noches. Ahora pasa de la vigilia al sueño como si simplemente se apagara.

Régis calló. El dolor que sentía era tan hondo que apenas le dejaba respirar. Melquisedec lo observó en silencio, angustiado. Por fin, el ángel enfermo tomó aire con un doliente suspiro.

-He pedido el traslado, Melquisedec -confesó, y levantó la vista para mirarlo-. No soporto sentirme inútil. He estado observando a los niños, en Brasil. Mueren por las calles como perros, como alimañas. A ninguno de ellos le vendría mal un segundo custodio. Ya he elegido a uno, en particular. Se llama Tomás. Tiene siete años. Los de por allí me han animado a hacerlo.

-¿Y le dejarás, a tu protegido?

-Ya no me necesita, Melquisedec. De veras.

**

Al cabo de unas cuantas semanas, Melquisedec y Régis volvieron a encontrarse, esta vez en lo alto del triforio de la catedral. A veces iban allí, los ángeles, a contemplar sus ingenuos retratos como dulces cabecitas de niños con alas en los cuadros barrocos de los retablos menores. Se abrazaron. Luego, Melquisedec tomó de los brazos a Régis y lo apartó de sí para observarlo.

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