María J. Gutiérrez
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-¡Te veo bien, amigo! -le dijo-. Tienes mejor aspecto que el otro día.

Régis sonrió con una luminosa sonrisa. Era cierto, su cuerpo tenía nueva consistencia, parecía más robusto, más firme, sin perder nada de su angélica ductilidad. Salieron juntos a los tejadillos de la nave, a contemplar la plácida noche desde lo alto. Muchos otros ángeles descansaban en las calles y los tejados.

-Me marcho, Melquisedec -anunció Régis-. Me lo han concedido. Voy a cuidar de Tomás junto a un ángel que se llama David. Ese niño está muy falto de ayuda. Él sí me necesita.

Melquisedec le apretó cálidamente el brazo.

-Me alegro mucho por ti, Régis. Y entiendo que es lo mejor para todos -frunció el ceño-. Y, si así lo han decidido arriba, ¿quién soy yo para opinar? Pero ya sabes que Él nos deja actuar en libertad muchas veces también a nosotros, aunque nos equivoquemos... Lo de escribir recto con renglones torcidos, ya sabes...

-Sí, lo sé.

-Que me da pena, Régis. Me da pena por tu protegido. ¿Qué será de él?

Régis bajó la vista y, cuando volvió a levantarla, algo de aquella transparencia había retornado.

-También a mí me da pena, Melquisedec. Mi fracaso es doloroso como una herida abierta, y lo será siempre. Pero ya no hay vuelta atrás. Me marcho.

Se miraron fijamente a los ojos, despidiéndose. Estaban ciertos de que volverían a verse, pero sabían que, a veces, se podía tardar tanto en reencontrarse que la separación parecía definitiva. La inmortalidad tiene sus inconvenientes.

 

***

 

Cuando se subió al coche, de mañana, temprano, notó en la nuca un cosquilleo de desánimo. Debían de ser las malas noticias del primer diario hablado de la radio, que le dejaban a uno el corazón encogido.

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