Marisa Lamarca

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Sí, tiene que ser él. Coinciden los años, el nombre de sus hermanos, la profesión... sí, es él, aunque su nombre sea muy corriente, es él.

Y cuántos años sin vernos…

Por las esquelas casi se puede aventurar la vida que ha llevado: que seguía en la misma empresa, que tenía un hijo, que se debió de separar de su mujer porque no se menciona para nada a aquella arpía, y que tenía compañera.

Sus hermanos, su hermana sobre todo, se querían tanto... Mañana la llamaré, pero si no se acordará de mí, ¿dónde tendré su teléfono?, ya lo buscaré, ahora no me levanto.

Las doce ya.

Y sus amigos, claro, ¿cómo no iba a tener amigos?, imposible no tener amigos un hombre así. Aunque, cuando dejé de tener contacto con él, se estaba volviendo irascible, taciturno e imposible de tratar, cambiaba de humor constantemente, nunca sabías cómo lo ibas a encontrar, estaba abrasado. De lo que más me acuerdo, lo que se quedó fijo en mi memoria era su desdén. Seguro que no se le apoderó aquello.

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