Marisa Lamarca

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Stabat mater dolorosa... ¿cómo se me habrá metido Vivaldi con eso?.

Tenía una seriedad inquietante para nuestros años.

Me sentire vim doloris, vim doloris

fac ut tecum lugeam...

¿Cómo se dejaría colar tanto mal?. Y es que estaba obsesionado con las grandes preguntas. Me dijo algo… ¿qué me dijo cuando nos dejamos de ver que me dolió tanto?… lo había olvidado. Estaba escrito en alguna parte, tal vez en el libro de Aleixandre que me regaló... sí, aquí está.

"Si de alguna manera te anulo, aun de la forma más hermosa que puedas imaginar, deshazte de mí."

No lo entendí entonces, sólo tenía la sensación de que me estaba invitando amablemente a dejarlo. Grandes palabras, daños terribles. Palabras hermosas, con una gran carga poética y filosófica, pero que engañan.

Lo cierto es que era un hombre que difícilmente pasaba inadvertido.

Las doce y media. A ver si me duermo.

 

Estoy sentada en la ladera de una montaña, tranquila, y disfrutando la mañana. Es verano y no hay nieve. De repente, oigo un sonido atronador que se va acercando, levanto la cabeza y veo pasar una manada de caballos cimarrones. Van enganchados en hilera a los cables del telesilla y la tracción mecánica hace que vayan al galope, desaforados, cabalgando en la nada.

Miro al cielo. Sin darme cuenta unas nubes amenazadoras lo han cubierto por completo. Es entonces cuando pienso que hoy no me toca morir, porque no era ese el color que tenía el cielo cuando nací.

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