Marisa Lamarca

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¡ Pero si son las cuatro ya!. No quiero ni imaginarme el día que voy a pasar mañana.

 

Es de noche, estoy corriendo por la ribera izquierda de un río. Un gran incendio ha arrasado cuanto ha ido tocando. Todo arde, la única esperanza de sobrevivir es cruzar a la otra orilla donde se divisa una gran ciudad con signos de normalidad, pero he de cruzar el río de aguas turbulentas. Un hombre anciano me ayuda a subir las escaleras resbaladizas por las que se accede a un puente del que sólo ha quedado la estructura. Debo decidir si cruzo el río a nado o me arriesgo a pasar colgándome del puente. Percibo el miedo. Sin pensarlo, trepo y alcanzo el travesaño. Me dejo colgar y me agarro fuertemente. Mientras me voy desplazando, tengo la seguridad de que lo voy a conseguir. El miedo desaparece, sólo noto la tensión en los brazos. A la mitad del recorrido el aire comienza a ser respirable, está amaneciendo.

Cuando llego a la otra orilla ya se ve el sol, pero la ciudad ha desaparecido y en su lugar hay una gran playa de arena blanquísima. Me descuelgo y piso la arena suave, fresca y limpia; levanto la cara y la brisa me la recorre horizontalmente. Me doy cuenta de que voy desnuda, sin nada. Es entonces cuando veo cerca de mí un bulto que casi pasa desapercibido, me acerco y lo tomo: es una bata larga de seda de color crudo, lleva una capucha y es muy delicada y hermosa.

Me la pongo y se ajusta perfectamente a mi cuerpo, me cubre hasta los pies. Me anudo el cinturón, echo la capucha sobre mi cabeza y pienso: me dejaré ver cuando pueda.

 

¡El despertador!.

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