---------------------------------------- E l C r o n i s t a d e l a r e d www.redaragon.com/elcronista ---------------------------------------- Y SE FUE LA NOCHE Y LLEGÓ EL ÁNGEL por Marisa Lamarca Sí, tiene que ser él. Coinciden los años, el nombre de sus hermanos, la profesión... sí, es él, aunque su nombre sea muy corriente, es él. Y cuántos años sin vernos... Por las esquelas casi se puede aventurar la vida que ha llevado: que seguía en la misma empresa, que tenía un hijo, que se debió de separar de su mujer porque no se menciona para nada a aquella arpía, y que tenía compañera. Sus hermanos, su hermana sobre todo, se querían tanto... Mañana la llamaré, pero si no se acordará de mí, ¿dónde tendré su teléfono?, ya lo buscaré, ahora no me levanto. Las doce ya. Y sus amigos, claro, ¿cómo no iba a tener amigos?, imposible no tener amigos un hombre así. Aunque, cuando dejé de tener contacto con él, se estaba volviendo irascible, taciturno e imposible de tratar, cambiaba de humor constantemente, nunca sabías cómo lo ibas a encontrar, estaba abrasado. De lo que más me acuerdo, lo que se quedó fijo en mi memoria era su desdén. Seguro que no se le apoderó aquello. Stabat mater dolorosa... ¿cómo se me habrá metido Vivaldi con eso?. Tenía una seriedad inquietante para nuestros años. Me sentire vim doloris, vim doloris fac ut tecum lugeam... ¿Cómo se dejaría colar tanto mal?. Y es que estaba obsesionado con las grandes preguntas. Me dijo algo… ¿qué me dijo cuando nos dejamos de ver que me dolió tanto?… lo había olvidado. Estaba escrito en alguna parte, tal vez en el libro de Aleixandre que me regaló... sí, aquí está. "Si de alguna manera te anulo, aun de la forma más hermosa que puedas imaginar, deshazte de mí." No lo entendí entonces, sólo tenía la sensación de que me estaba invitando amablemente a dejarlo. Grandes palabras, daños terribles. Palabras hermosas, con una gran carga poética y filosófica, pero que engañan. Lo cierto es que era un hombre que difícilmente pasaba inadvertido. Las doce y media. A ver si me duermo. Estoy sentada en la ladera de una montaña, tranquila, y disfrutando la mañana. Es verano y no hay nieve. De repente, oigo un sonido atronador que se va acercando, levanto la cabeza y veo pasar una manada de caballos cimarrones. Van enganchados en hilera a los cables del telesilla y la tracción mecánica hace que vayan al galope, desaforados, cabalgando en la nada. Miro al cielo. Sin darme cuenta unas nubes amenazadoras lo han cubierto por completo. Es entonces cuando pienso que hoy no me toca morir, porque no era ese el color que tenía el cielo cuando nací. ¡Vaya pesadilla!. Las dos. Pero si nunca miro las esquelas, ¿cómo se me habrá ocurrido?. ¿De qué habrá muerto?, ¿se habrá dado cuenta?. Si ha sido una enfermedad larga, seguro… Bueno, ya vale. Ahora me fumaría un cigarro. Si consiguiera dormir... Una lechuga común de un verde intenso. De un golpe seco una cizalla la parte en dos. En la mitad derecha, sobre sus hojas blancas, en negro, la palabra SMOKE. ¡Qué noche!. No sé cómo me ha podido perturbar tanto la noticia si para mí había desaparecido ya. Es la idea de la muerte lo que me ha trastocado, el simple hecho de pensar que puede llegar en cualquier momento, aquí, en este instante, ahora; sin poder ya jamás sentir la brisa, el fuego, el viento, reír, comer, tocar a alguien, mirar un objeto..., sin sentir dolor, odio, desesperación..., en fin, sin vivir. Lo que daría él ahora por tener una vida tan insípida como la mía... ¡Puf!. A ver si me queda algo de la tableta de chocolate. ¡ Pero si son las cuatro ya!. No quiero ni imaginarme el día que voy a pasar mañana. Es de noche, estoy corriendo por la ribera izquierda de un río. Un gran incendio ha arrasado cuanto ha ido tocando. Todo arde, la única esperanza de sobrevivir es cruzar a la otra orilla donde se divisa una gran ciudad con signos de normalidad, pero he de cruzar el río de aguas turbulentas. Un hombre anciano me ayuda a subir las escaleras resbaladizas por las que se accede a un puente del que sólo ha quedado la estructura. Debo decidir si cruzo el río a nado o me arriesgo a pasar colgándome del puente. Percibo el miedo. Sin pensarlo, trepo y alcanzo el travesaño. Me dejo colgar y me agarro fuertemente. Mientras me voy desplazando, tengo la seguridad de que lo voy a conseguir. El miedo desaparece, sólo noto la tensión en los brazos. A la mitad del recorrido el aire comienza a ser respirable, está amaneciendo. Cuando llego a la otra orilla ya se ve el sol, pero la ciudad ha desaparecido y en su lugar hay una gran playa de arena blanquísima. Me descuelgo y piso la arena suave, fresca y limpia; levanto la cara y la brisa me la recorre horizontalmente. Me doy cuenta de que voy desnuda, sin nada. Es entonces cuando veo cerca de mí un bulto que casi pasa desapercibido, me acerco y lo tomo: es una bata larga de seda de color crudo, lleva una capucha y es muy delicada y hermosa. Me la pongo y se ajusta perfectamente a mi cuerpo, me cubre hasta los pies. Me anudo el cinturón, echo la capucha sobre mi cabeza y pienso: me dejaré ver cuando pueda. ¡El despertador!. (c) copyright 2000 by Marisa Lamarca. Todos los derechos reservados -------------------------------------------------------------------------------------------------Tú también puedes publicar tus creaciones en El Cronista de la red. Sólo tienes que enviar tu colaboración por correo electrónico, poniendo en el asunto del mensaje: "colaboración para El Cronista". Envía tus relatos, poemas, novelas, artículos... a cualquiera de estas dos direcciones: Publica tus obras en formato digital. 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