Lo que no está escrito 3/10

Relato de Santiago Gascon.

Cronista

Lo que no está escrito
Santiago Gascón

página 3/10

Se alojó en la misma fonda que el gallego, en la pensión Betanzos, muy cerca de calle Ánimas. Y Regueiro sería el primero en conocer su sueño, el de ese mantón que deseaba regalar a Paulina, sin sentir vergüenza al confesar que ese simple pedazo de tela le hubiera aventado hasta la otra orilla del mundo. El gallego, que en cuestión de compras y ventas lo sabía todo, le acompañó a La Manila, un comercio en la parte que llaman de Mercaderes y que, a pesar de su nombre, no era regentado por ninguna filipina, sino por Pancha, una cantonesa de edad incierta a la que habían castellanizado el nombre de Pao-Chang, famosa por traer las mejores prendas de las Indias, por recibir y cumplir pedidos imposibles para la metrópoli, por prestar y cambiar dinero, llevando todos los cómputos en su memoria, mientras sujetaba entre sus labios un eterno cigarro habano y guiñaba el ojo izquierdo, tal vez, para visualizar su ábaco inexistente.

A ella confiaría Benito, cada sábado, su paga casi íntegra, después de convencerla de que fuera depositaria de sus ahorros hasta que pudiera juntar los casi mil reales que costaba el encargo. Y por eso Benito, sin permitirse más dispendio que la pensión y unas perras para tabaco, llenaba los domingos con paseos de arriba abajo del Louvre, imaginando que eran él y Paulina quienes se sentaban en las terrazas de sus cafés, pensando que por elegantes que fueran sus vestidos y sus sombreros, ninguna de aquellas damas podía comparar su belleza con la de su novia. Ni tampoco las antillanas, compuestas con lo mejor de cada continente, aunque contonearan con tanta gracia sus traseros generosos por entre las mesas del bulevar, llegaban a rozar el salero de su Paulina.

La china Pancha, en un chocante caribe oriental, le iniciaría en el idioma de los mantones. Y Benito Aladrén, que nunca hubiera imaginado que la policromía de unos hilos pudiera contar tantas cosas, la escuchaba embobado. No era lo mismo un color que otro. El negro - aseguraba - es para la dama casada, el rojo, en la China, sólo sirve en las bodas. Pero él lo quería azul, azul como el de la novia que vio en su pueblo, como el cielo del océano cuando la mar era su amiga, azul como los ojos de Paulina. Pancha le asesoró sobre la inconveniencia de las rosas, la rosa trunca la suerte - afirmaba con un gesto de misterio - y le mostraba, de sábado en sábado, cientos de dibujos bordados ya en sus sedas y otros cientos pintados sobre papel de arroz, para explicarle los jeroglíficos que cada símbolo encerraba: la flor del peral - decía - es pura como el querer, y los narcisos... es preciso poner uno por cada hijo, y si se empeña en narcisos blancos, no se me queje cuando sólo vengan niñas. También hay que encargar un sapo, porque el sapo es la suerte, la habilidad para verla y apreciar lo bello en las cosas corrientes.

A Benito le gustó eso del sapo, porque él también se sentía un batracio cuando pensaba en la Bella Paulina. Y las pagodas..., le sedujeron tanto aquellas techumbres fantásticas que, según decía Pancha, representaban la casa de la felicidad; y las aves, y las mariposas y las peonías multicolores. Todo estaba lleno de significado, enlazándose uno con otro hasta componer pensamientos, deseos y aún historias enteras en un idioma que sólo aquella china sabía descifrar.

La gente en Europa - decía - compra cualquier mantón, sin saber lo que en él hay escrito, ni lo que con él se desea. No, un mantón debe ser soñado y encargado para una mujer determinada. Una historia escrita sobre la seda es algo vivo, si cae al agua, puede ahogarse tu suerte, si se rasgara... no, usted no permita nunca que se desgarre este amor.

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