Lo que no está escrito 5/10

Relato de Santiago Gascon.

Cronista

Lo que no está escrito
Santiago Gascón

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Ya tenía ahorrado para la capa y sólo le restaba solventar su pasaje a casa, porque no quería trabajar más en ningún barco ahora que ya era un señor. Y al día siguiente estalló en el puerto un buque americano y todo aquel que pudo regresó a España, porque decían que eso iba a costar una guerra. Y Benito Aladrén y el gallego Regueiro y otros cientos como ellos que allí se encontraban huidos de la desesperanza, se convirtieron en soldados, porque el Gobierno de Madrid prometía una paga de dos reales a todo el que se alistara en aquellos batallones formados por aprendices mal vestidos.

Aladrén corría de un lado a otro y, en las refriegas disparaba a ojos cerrados, sin acertar a comprender por qué el destino le habría puesto a matar americanos. A los pocos meses de iniciarse la contienda, en un hospital de campaña, le perdió la pista a Regueiro. Lo que las balas no pudieron, lo consiguió la fiebre amarilla, y nunca más sabría si su amigo se encontraba vivo o muerto.

En las Lomas de San Juan, un disparo le alcanzó de lleno en la mochila, durante unos segundos estuvo convencido de ser difunto, congelados sus músculos por la percusión que produjo el proyectil al atravesar la madera. Vivía de milagro, gracias al mantón, pero deseó morirse al descubrir que su preciosa caja lacada estaba hecha astillas y que también la prenda había sido traspasada por el balazo, impregnándola de olor a pólvora y marcándola, sin remedio, con ocho agujeros. Loco de rabia, salió del matorral que lo ocultaba y cosió a bayonetazos a aquel hombre, sin reparar en si era yanqui o mambí, para luego preguntarse, tantas veces, si realmente habría sido él quien estropeó el regalo de Paulina.

Tal muestra de valor arrastró a sus compañeros a la única y minúscula victoria de su guerra, aunque a las dos horas tuvieran que regresar muertos de miedo a los altos, porque, decía Benito y es bien cierto, que los enemigos eran ocho mil y los españoles no llegaban a quinientos. Pero, como observó el capitán Arregui, el propósito es lo que cuenta, y aquel arrojo le valdría una condecoración que le sería entregada cuando tomaran la plaza de Santiago.

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