Lo que no está escrito 7/10

Relato de Santiago Gascon.

Cronista

Lo que no está escrito
Santiago Gascón

página 7/10

Benito Aladrén llegó a Zaragoza sin dinero para continuar el viaje hasta su pueblo y no le hizo falta pedir limosna, porque una mujer, en la estación del Norte, al ver sus ojos iluminados por la fiebre y el relieve de sus huesos forrados de rayadillo, le besó las manos y le entregó un duro de plata y una hogaza recién hecha y le pidió noticias sobre su hijo y sobre el barco que se lo trajera, pero él sólo pudo contarle las colas de soldados que había visto en el puerto al zarpar.

No antes, sino el mismo día previsto en la carta, muy de madrugada, puso sus pies hacia la casa de Paulina Marco y se inquietó al ver que nadie contestaba a su llamada, pero espantó los malos augurios que volvían a rondar su cabeza. La Paulina no se ha muerto - se repitió - estará en casa de su prima, preparando la boda. Porque ya le habrá llegado la carta y conocerá mis intenciones y sabrá que he ido hasta La Habana sólo por ella.

En cuanto hubo amanecido se fue a esperarla a la puerta de la iglesia, arrebujado bajo su capa, sin soltar el ato del mantón y hubo de explicar, con brevedad, eso sí, sus aventuras por La Antilla a todo el que acudió a misa primera y, después, a quienes llegaban a misa mayor. Muerto de calor bajo el capote, aguardó de rodillas en el último banco, haciendo como si rezara, porque era la Fiesta de la Cinta y el templo se estaba llenando y ya se había corrido la noticia de su regreso y, hasta quienes no pisaban jamás la iglesia acudían para verle, y no le quedaban ganas de seguir contándole a nadie la guerra de Cuba, ni cómo ganó esa medalla de latón. Observaba, una por una, a las mujeres que entraban, hasta quedar desolado, porque ninguna de ellas era Paulina y era imposible que su novia faltara ni un solo domingo a la misa de doce.

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