Lo que no está escrito 8/10

Relato de Santiago Gascon.

Cronista

Lo que no está escrito
Santiago Gascón

página 8/10

Fue el ciego Lobera quien le contó la verdad. Una verdad más terrible que la que él imaginara. La Bella Paulina se había casado, haría un par de años, y vivía, creía él, en Villafranca, pero no supo decirle si el forastero le había regalado algún mantón. Entonces tomó la determinación de esperar a que enviudara, de recopilar datos extraídos con prudencia de las mujeres que se encontraba en el lavadero cuando regresaba del monte. La esperaría hasta el final, para entregarle el mantón y casarse con ella el, día de la Virgen del año que fuera.

Dejó pasar los años, convencido de que el mismo tiempo sería su aliado, y que cada vez que el sol se ocultara, era un día menos para el de Villafranca. Al principio, aún llegaba a percatarse de si las preguntas de sus paisanos sobre las habaneras, buscaban únicamente el entretenimiento, después, cuando huía de las piedras arrojadas por los niños, llegaba a creer que corría por los cerros de Santiago, y, más tarde, cuando España se enfrentó a la más incivil de sus guerras, descubrió que todos sus amigos de Valdesarrón habían acudido con él a Cuba, pero algunos eran yanquis, y otros hasta mambises, y ya no sabía hacia dónde disparar.

Preso de la locura, despertaba entre delirios sin saber si se encontraba en la Pensión Betanzos, o en medio del océano embravecido o en la mismísima batalla en la que acribilló a aquel hijo de su madre y, lo que era peor, despertaba a media noche sin saber si Paulina, estuviera donde estuviera, conocía su querer.

Más viejo de lo que su edad marcaba, Benito el Cubano, como ya era conocido cuando yo ocupé la plaza de médico en Valdesarrón, no calculó que su maltrecha salud le haría irse antes que el marido de Paulina.

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