Cuatro agujeros de bala en un mantón.

Lo que no está escrito.

A Benito Aladrén, que por entonces aún no era conocido como El Cubano, ni se había convertido en el visionario avejentado que yo traté, le bastó escuchar una confidencia a Paulina Marco durante una boda, para descarrilar los renglones de su vida. Fue apenas un susurro: ella sólo iría al altar - le confesó a su prima - del brazo de un hombre que vistiera capa del mejor paño y fuera capaz de regalarle un mantón idéntico al de esa novia.

No le hizo falta más a Benito, para grabar en su memoria aquel laberinto de pájaros enredados que adornaban la prenda, hasta no ver otra imagen cuando cerraba los ojos y jurar allí mismo que iba a enterarse en dónde vendían esos chales y que hasta sería capaz de matar con tal de juntar los duros que costara.

 

Nadie en Valdesarrón conoció los verdaderos motivos que le arrastraron a La Habana. Por el privilegio de haberle atendido en sus últimos días, por haber escuchado sus confidencias y delirios y, sobre todo, gracias a las hebras sueltas, que el tiempo fue juntado, aquí y allá, creo que podré confeccionar esta historia, confiando en que los agujeros que en ella surjan no sean más extensos que los de este mantón que la inspiran.

 

Sin más familia de quien despedirse, Benito comunicó su partida a Victorino Lobera, el ciego a quien cuidaba las ovejas y mantenía la casa. ¿Ya sabes tú lo lejos que han puesto Cuba y lo que puede marear un barco? - preguntó al entregarle los atrasos de tres meses -. Lobera había dejado sus ojos en la Guerra de África, y afirmaba que la tierra y, más aún, los mares, son infinitos; pero Benito Aladrén desconocía que pudiera mediar un océano entre él y sus propósitos, tan sólo había oído hablar de la facilidad con la que allí se hacía fortuna y de que hasta aquella isla llegaban los mejores bordados procedentes de Cantón, de Hong Kong y de Manila.

Por el mismo Aladrén supe, mucho tiempo después, que pasó dos semanas en Cádiz, hasta encontrar un carguero que le permitiera - previo pago de su escaso capital y el compromiso de limpiar cubierta, camarotes y retretes - zarpar con él hacia América. Me confesaría lo tentado que estuvo, cuando vio las vitrinas colmadas con sedas de Las Antillas, de quedarse en ese puerto y volver a Valdesarrón en cuanto pudiera adquirir lo que buscaba, pero el trabajo allí era escaso y mal pagado y, por encima de toda razón, se sentía tan atraído por aquel océano, que se moría de ansias por entrar en él y descubrir lo que detrás hubiera. No, aunque estaba resuelto a pasar el resto de su vida junto a Paulina, había alimentado el barrunto de que aquel mantón era sólo una especie de señuelo, que Dios colocara un día, para arrastrarle hacia algo transcendente, y eso tan importante, iba a descubrirlo, una vez llegara al Mar Caribe.

Benito recordaría tantas veces, durante la travesía, las palabras del ciego Lobera. Si no fuera porque su memoria guardaba la imagen del puerto de Cádiz, hubiera jurado que el océano carecía de orillas, sobre todo la noche en la que la mar pareció volverse loca y se comportó como una sierpe caprichosa, aquella noche en la que ni siquiera pudo vomitar porque llevaba tres días sin probar bocado, y de la que sobrevivió en un estado tan lamentable que le propondrían asistir también en las cocinas a cambio de dos comidas diarias.

En el puerto de La Habana, cuando descargaba la mercancía del barco que le había traído, conoció a Regueiro, el gallego que le ayudaría a encontrar acomodo. Por él supo que eso de hacer fortuna no era tarea sencilla. Dinero se hacía, sí, pero sólo quienes tenían de sobra para invertirlo, los demás, debían acercarse al tajo, cargar y descargar buques en el muelle, cortar caña bajo un sol homicida, transportar carros de un punto a otro de la isla, limpiar, picar, cavar y cualquier verbo que supusiera ganar un real.

Se alojó en la misma fonda que el gallego, en la pensión Betanzos, muy cerca de calle Ánimas. Y Regueiro sería el primero en conocer su sueño, el de ese mantón que deseaba regalar a Paulina, sin sentir vergüenza al confesar que ese simple pedazo de tela le hubiera aventado hasta la otra orilla del mundo. El gallego, que en cuestión de compras y ventas lo sabía todo, le acompañó a La Manila, un comercio en la parte que llaman de Mercaderes y que, a pesar de su nombre, no era regentado por ninguna filipina, sino por Pancha, una cantonesa de edad incierta a la que habían castellanizado el nombre de Pao-Chang, famosa por traer las mejores prendas de las Indias, por recibir y cumplir pedidos imposibles para la metrópoli, por prestar y cambiar dinero, llevando todos los cómputos en su memoria, mientras sujetaba entre sus labios un eterno cigarro habano y guiñaba el ojo izquierdo, tal vez, para visualizar su ábaco inexistente.

A ella confiaría Benito, cada sábado, su paga casi íntegra, después de convencerla de que fuera depositaria de sus ahorros hasta que pudiera juntar los casi mil reales que costaba el encargo. Y por eso Benito, sin permitirse más dispendio que la pensión y unas perras para tabaco, llenaba los domingos con paseos de arriba abajo del Louvre, imaginando que eran él y Paulina quienes se sentaban en las terrazas de sus cafés, pensando que por elegantes que fueran sus vestidos y sus sombreros, ninguna de aquellas damas podía comparar su belleza con la de su novia. Ni tampoco las antillanas, compuestas con lo mejor de cada continente, aunque contonearan con tanta gracia sus traseros generosos por entre las mesas del bulevar, llegaban a rozar el salero de su Paulina.

La china Pancha, en un chocante caribe oriental, le iniciaría en el idioma de los mantones. Y Benito Aladrén, que nunca hubiera imaginado que la policromía de unos hilos pudiera contar tantas cosas, la escuchaba embobado. No era lo mismo un color que otro. El negro - aseguraba - es para la dama casada, el rojo, en la China, sólo sirve en las bodas. Pero él lo quería azul, azul como el de la novia que vio en su pueblo, como el cielo del océano cuando la mar era su amiga, azul como los ojos de Paulina. Pancha le asesoró sobre la inconveniencia de las rosas, la rosa trunca la suerte - afirmaba con un gesto de misterio - y le mostraba, de sábado en sábado, cientos de dibujos bordados ya en sus sedas y otros cientos pintados sobre papel de arroz, para explicarle los jeroglíficos que cada símbolo encerraba: la flor del peral - decía - es pura como el querer, y los narcisos... es preciso poner uno por cada hijo, y si se empeña en narcisos blancos, no se me queje cuando sólo vengan niñas. También hay que encargar un sapo, porque el sapo es la suerte, la habilidad para verla y apreciar lo bello en las cosas corrientes.

A Benito le gustó eso del sapo, porque él también se sentía un batracio cuando pensaba en la Bella Paulina. Y las pagodas..., le sedujeron tanto aquellas techumbres fantásticas que, según decía Pancha, representaban la casa de la felicidad; y las aves, y las mariposas y las peonías multicolores. Todo estaba lleno de significado, enlazándose uno con otro hasta componer pensamientos, deseos y aún historias enteras en un idioma que sólo aquella china sabía descifrar.

La gente en Europa - decía - compra cualquier mantón, sin saber lo que en él hay escrito, ni lo que con él se desea. No, un mantón debe ser soñado y encargado para una mujer determinada. Una historia escrita sobre la seda es algo vivo, si cae al agua, puede ahogarse tu suerte, si se rasgara... no, usted no permita nunca que se desgarre este amor.

Muchos años después, a pesar de su locura, Benito Aladrén recordaría perfectamente el lenguaje en el que Pancha le iniciara, así me lo transmitió y así lo he narrado yo mil veces a los míos. Ella le contó cómo aquellas prendas eran ejecutadas por dos bordadoras, una a cada lado del enorme bastidor, sin intercambiar jamás palabra alguna, para no contrariar la historia que estaban tejiendo, y por eso, encontraría siempre idéntico dibujo por ambas caras.

Desde ese día, la almohada de Aladrén se poblaba cada noche de muchachas desnudas que componían con el primor de los ángeles, candelillas, saltaojos y pensamientos sobre una pieza infinita de seda, y otras veces se le mostraba un terrible presagio escrito sobre el espejo azul, veía a Paulina atrapada por dos medusas simétricas, o amenazada por todos los monstruos que pueblan el océano y se despertaba lleno de sudor y de espanto y debía forzar toda su alma por ahuyentar aquella imagen.

Fue en el mismo día en que La Habana celebra la fiesta de los enamorados, cuando llegó el mantón. Llegó en una caja lacada, decorada con los mismos motivos que la seda, y la prenda, hecha realidad, superó los sueños de Aladrén. Aquí va la leyenda - dijo Pancha mientras plegaba un papel lleno de ideogramas que a él le parecieron preciosos garabatos -, este chal hará feliz a cualquier mujer que lo vista, a su familia entera, generación tras generación.

Ya tenía ahorrado para la capa y sólo le restaba solventar su pasaje a casa, porque no quería trabajar más en ningún barco ahora que ya era un señor. Y al día siguiente estalló en el puerto un buque americano y todo aquel que pudo regresó a España, porque decían que eso iba a costar una guerra. Y Benito Aladrén y el gallego Regueiro y otros cientos como ellos que allí se encontraban huidos de la desesperanza, se convirtieron en soldados, porque el Gobierno de Madrid prometía una paga de dos reales a todo el que se alistara en aquellos batallones formados por aprendices mal vestidos.

Aladrén corría de un lado a otro y, en las refriegas disparaba a ojos cerrados, sin acertar a comprender por qué el destino le habría puesto a matar americanos. A los pocos meses de iniciarse la contienda, en un hospital de campaña, le perdió la pista a Regueiro. Lo que las balas no pudieron, lo consiguió la fiebre amarilla, y nunca más sabría si su amigo se encontraba vivo o muerto.

En las Lomas de San Juan, un disparo le alcanzó de lleno en la mochila, durante unos segundos estuvo convencido de ser difunto, congelados sus músculos por la percusión que produjo el proyectil al atravesar la madera. Vivía de milagro, gracias al mantón, pero deseó morirse al descubrir que su preciosa caja lacada estaba hecha astillas y que también la prenda había sido traspasada por el balazo, impregnándola de olor a pólvora y marcándola, sin remedio, con ocho agujeros. Loco de rabia, salió del matorral que lo ocultaba y cosió a bayonetazos a aquel hombre, sin reparar en si era yanqui o mambí, para luego preguntarse, tantas veces, si realmente habría sido él quien estropeó el regalo de Paulina.

Tal muestra de valor arrastró a sus compañeros a la única y minúscula victoria de su guerra, aunque a las dos horas tuvieran que regresar muertos de miedo a los altos, porque, decía Benito y es bien cierto, que los enemigos eran ocho mil y los españoles no llegaban a quinientos. Pero, como observó el capitán Arregui, el propósito es lo que cuenta, y aquel arrojo le valdría una condecoración que le sería entregada cuando tomaran la plaza de Santiago.

Firmada la paz, conocida la derrota, sin más botín que el chal y los ciento veinte reales que aún le quedaban, sin que el Ministerio de la Guerra le hubiera mandado ni un chavo, no quiso quedarse a trabajar en la isla, se haría un hueco en el vapor Alicante que repatriaba al ejército perdedor. En la travesía de vuelta vería tres noches seguidas la muerte de Paulina, descubrió su cadáver flotando sobre un mar inanimado y, al ver el océano convertirse en mantón y luego en sudario, sospechó que ella expiraba en alguna parte sin conocer que era la destinataria de la mejor prenda de amor. Se maldijo por no saber escribir y por no haberle enviado una carta diaria para que se le hiciera menos larga la espera. Después caería en cuenta de que, quizá, no hubiera ninguna espera y aquello le sumió en una inquietud, de la que no saldría hasta que, una madrugada, viera luces de bienvenida en la Torre de Hércules y le convencieran de que no se trataba de un espejismo, y pensó que no hay nada más hermoso que llegar al último puerto de una guerra.

Junto al resto de la tripulación, amontonados todos en cubierta, inconscientes de ser un escaparate de heridos, anémicos, tifoideos, palúdicos y tuberculosos, llegó a creer que las coruñesas, arremolinadas en el muelle, lloraban por la emoción. Pero Benito Aladrén no tenía allí esposa, novia, o madre para derramar lágrimas y, nada más salvar los papeles en la Aduana, recogida su condecoración de metal dorado y la solemne promesa de cobrar su paga, se encaminó a los soportales de María Pita, donde compró la mejor capa, una capa negra de paño grueso con dos broches de plata al cuello. Una capa que ni el Duque de Alba hubiera soñado.

En la misma tienda, armado de valor, le pidió un favor a la dependienta. Escríbame una carta, señorita. Se trata de un asunto de vida o muerte. Y la muchacha, sin atreverse a decirle que aún no había aprendido del todo a hablar castellano y mucho menos a escribir en gallego, redactó :

Chegaré pronto, Pauliña, a tempo pra casarnos pra la Virgen da Cinta, chevo a capa d´un marqués y o mejor mantón que hayas visto en tu vida. Te quere e respeta.

El Benito.

 

Benito Aladrén llegó a Zaragoza sin dinero para continuar el viaje hasta su pueblo y no le hizo falta pedir limosna, porque una mujer, en la estación del Norte, al ver sus ojos iluminados por la fiebre y el relieve de sus huesos forrados de rayadillo, le besó las manos y le entregó un duro de plata y una hogaza recién hecha y le pidió noticias sobre su hijo y sobre el barco que se lo trajera, pero él sólo pudo contarle las colas de soldados que había visto en el puerto al zarpar.

No antes, sino el mismo día previsto en la carta, muy de madrugada, puso sus pies hacia la casa de Paulina Marco y se inquietó al ver que nadie contestaba a su llamada, pero espantó los malos augurios que volvían a rondar su cabeza. La Paulina no se ha muerto - se repitió - estará en casa de su prima, preparando la boda. Porque ya le habrá llegado la carta y conocerá mis intenciones y sabrá que he ido hasta La Habana sólo por ella.

En cuanto hubo amanecido se fue a esperarla a la puerta de la iglesia, arrebujado bajo su capa, sin soltar el ato del mantón y hubo de explicar, con brevedad, eso sí, sus aventuras por La Antilla a todo el que acudió a misa primera y, después, a quienes llegaban a misa mayor. Muerto de calor bajo el capote, aguardó de rodillas en el último banco, haciendo como si rezara, porque era la Fiesta de la Cinta y el templo se estaba llenando y ya se había corrido la noticia de su regreso y, hasta quienes no pisaban jamás la iglesia acudían para verle, y no le quedaban ganas de seguir contándole a nadie la guerra de Cuba, ni cómo ganó esa medalla de latón. Observaba, una por una, a las mujeres que entraban, hasta quedar desolado, porque ninguna de ellas era Paulina y era imposible que su novia faltara ni un solo domingo a la misa de doce.

Fue el ciego Lobera quien le contó la verdad. Una verdad más terrible que la que él imaginara. La Bella Paulina se había casado, haría un par de años, y vivía, creía él, en Villafranca, pero no supo decirle si el forastero le había regalado algún mantón. Entonces tomó la determinación de esperar a que enviudara, de recopilar datos extraídos con prudencia de las mujeres que se encontraba en el lavadero cuando regresaba del monte. La esperaría hasta el final, para entregarle el mantón y casarse con ella el, día de la Virgen del año que fuera.

Dejó pasar los años, convencido de que el mismo tiempo sería su aliado, y que cada vez que el sol se ocultara, era un día menos para el de Villafranca. Al principio, aún llegaba a percatarse de si las preguntas de sus paisanos sobre las habaneras, buscaban únicamente el entretenimiento, después, cuando huía de las piedras arrojadas por los niños, llegaba a creer que corría por los cerros de Santiago, y, más tarde, cuando España se enfrentó a la más incivil de sus guerras, descubrió que todos sus amigos de Valdesarrón habían acudido con él a Cuba, pero algunos eran yanquis, y otros hasta mambises, y ya no sabía hacia dónde disparar.

Preso de la locura, despertaba entre delirios sin saber si se encontraba en la Pensión Betanzos, o en medio del océano embravecido o en la mismísima batalla en la que acribilló a aquel hijo de su madre y, lo que era peor, despertaba a media noche sin saber si Paulina, estuviera donde estuviera, conocía su querer.

Más viejo de lo que su edad marcaba, Benito el Cubano, como ya era conocido cuando yo ocupé la plaza de médico en Valdesarrón, no calculó que su maltrecha salud le haría irse antes que el marido de Paulina.

 

No tuvo herederos. Juana, la sobrina de Lobera, a la que nunca le había ocurrido nada en la vida porque estaba predispuesta al mal moral y a la melancolía, porque había pasado todos sus días y sus noches sin abrazar y aún sin hablar con nadie, acudió a amortajar a Benito cuando comuniqué su muerte. A ella le entregué los tesoros del difunto y me insistió en que me quedara con la capa, con la medalla y con aquel texto escrito en chino sobre papel de arroz, sin comprender que esos jeroglíficos explicaban el giro que iban a dar nuestras vidas. Porque fue al colocarse el mantón y verse en el espejo reflejada, cuando la vi sonreír por vez primera e iluminarse sus ojos con el mismo azul de la seda, y fue entonces cuando me di cuenta de todo lo que esa mujer encerraba dentro de sí, y de que yo estaba más falto de amor que ella, y nos perdimos en aquella maraña de flecos, lágrimas y besos.

Acudimos, dos meses más tarde, a la iglesia para jurarnos amor, sin más testigos que el ciego Lobera y mi patrona. Ni siquiera ellos comprendieron que nos casáramos, Juana con un mantón agujereado y yo con esa gruesa capa, en pleno agosto, ni que la novia fuera a depositar sus flores a la tumba de Benito Aladrén, por muy héroe de guerra que se tratara.

 

Premiados por la dicha y por los mimos de nuestras tres hijas. Nunca volvió a sentir Juana aquella insana tristeza, ni yo a experimentar más soledad. Por aquel entonces, no sabíamos que nuestra buena estrella se gestó el mismo día en que descubrimos aquel mantón horadado ocho veces por un destino en forma de bala y que aún apestaba a guerra.

Años más tarde conseguí que mi amigo Pepe Cheng, un médico chino afincado en Zaragoza, me tradujera aquella grafía que explica los motivos del bordado:

 

Quien adivina el valor de una espera

alcanzará algún día

la casa de la fortuna.

Unos por premura, otros por torpeza,

atraviesan el jardín

sin conocerme.

Pero las almas de quienes me habitaron

perpetuamente aguardan

con las alfombras cálidas,

con las flores perfumadas,

a que otro morador encienda

la linterna, de nuevo,

en mi alcoba.

 

Creo que, a partir de entonces, comprendimos que aquel viaje en busca de una historia de amor bordada sobre un mantón, no había sido un sinsentido, que la felicidad se había ido dibujando con la mayor exquisitez, por las manos de unas mujeres desconocidas, enlazando peonías, aves del paraíso y mariposas, en una isla remota de Asia y que, tal vez por la distancia, tal vez por desconocer los nombres, habían confundido los hilos de nuestras vidas.

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