MÍSTICA No sé si es una actitud común a todos los amantes de los libros, pero yo tengo algunos que ojeo incansablemente. Son pocos, están siempre a la vista, unas veces los busco yo, y otras, los encuentro. Pero esta vez, como acechando mis movimientos y, sobre todo, mi estado de ánimo agitado, me vengo tropezando con este enorme volumen de caja y tapas rojas. Es la reproducción en facsímil del Castillo Interior de Teresa de Jesús según el autógrafo conservado en el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Sevilla; transcrita por Tomás Álvarez y Antonio Mas en versión doble, paleográfica y modernizada. No es sólo un espléndido trabajo filológico, es un libro bello. Su belleza radica, no tanto en la forma externa ¾muy cuidada¾ como, de un lado, en el enorme respeto con el que ha sido llevada a cabo esta copia, se diría que la profundidad y el magnetismo de la obra tratada han impregnado el trabajo de los transcriptores, sin dejar por ello de hacer un riguroso acopio de información para facilitar la comprensión del libro de las Moradas; de otro, su lectura. Casi cuatrocientos cincuenta años después, en lo esencial, se mantiene actual. Es válida por el incuestionable y profundo conocimiento que del alma humana tenía su autora. Pero la pretensión de Santa Teresa no era la de hacer un manual de terapia psicológica, el Castillo es uno de los tratados más impresionantes, junto con el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, de la mística española y aun occidental. No he podido resistir su fuerza y al final he claudicado. No sé por qué me resisto, si siempre que lo tengo delante disfruto. Debe de ser una reminiscencia de mis tiempos de colegio en los que todo lo que olía a religión era aburrido, ahora, simplemente, no me interesa. Pero, la mística es otra cosa. He de admitir, sin embargo, que de no ser por la influencia de la mística oriental, jamás me hubiera interesado por la occidental, y, es que, salvados los símbolos propios de cada cultura y religión, el objetivo es el mismo: la unión con lo absoluto. Es a partir de principios del siglo XX, cuando se empieza a estudiar y apreciar la experiencia y el lenguaje espirituales, pues durante siglos habían sido reducidos a meros saberes teológicos como variación del lenguaje bíblico de lo divino. Debido, quizás, a la apremiante necesidad del ser humano de transcender sus limitaciones, estos estudios no se han reducido únicamente al fondo cultural occidental, sino que han traspasado fronteras y han entrado en contacto con el profundo y rico material desconocido del resto del mundo. De esta manera, Oriente se ha convertido en el máximo prestador de conocimientos trascendentes, hasta tal punto, que hoy en día se considera el método oriental de la meditación como el más utilizado en Occidente en la consecución de la experiencia mística, a excepción, naturalmente, de los círculos religiosos específicos que tienen sus propios métodos. Una de las prácticas más occidentalizadas ha sido la del budismo Zen. Teniendo como base metodológica una disciplina férrea, se apremia a quien lo practica a conocerse profundamente, a desprenderse de sus criterios, de sus fantasmas, de sus fantasías, y, de esa manera, crear el vacío que les conducirá a la experiencia de la naturaleza de las cosas tal y como éstas realmente son. No son consideras importantes las apelaciones a la intervención divina ni el estudio intensivo de las escrituras. Según Suzuki, maestro zen transmisor de esta práctica a Occidente, los problemas existenciales son provocados por la manera en que el adulto normal se experimenta a sí mismo y el mundo. Como respuesta se propone un cambio radical en el modo de experimentar. En principio, el intelecto ha sido diseñado para poder arreglárnosla con un mundo concebido de manera dual, pero, para comprender la realidad absoluta, es un instrumento inadecuado. Más recientemente, Akihira Kondo, psicoanalista japonés, define la intuición como la función de la mente humana destinada a la percepción total. Ya he dicho que, dejando aparte las peculiaridades de cada religión, las coincidencias son palmarias. En unos y otros el proselitismo no existe, se mantienen a la espera de los que se sienten sofocar, de los que tienen conciencia de las limitaciones y del carácter precario de la condición humana y experimentan una secreta nostalgia. Son éstos los que voluntariamente entran en un entrenamiento hacia su total transformación. Los métodos que utilizan los maestros zen son comparables en dureza al que propugna Teresa de Ávila en sus Moradas: la disciplina de un monasterio zen es la regla de obediencia carmelita; la atención con miras a la meditación japonesa que exige la capacidad de concentrarse durante horas, días, semanas en un solo y único objeto, es la práctica de la oración de día y de noche impuesto por los místicos europeos. En ambas se insiste en el conocimiento de uno mismo y la importancia que para ello tiene el silencio interior. Y, en ambas, toda manifestación paranormal, es rechazada enérgicamente, obligando al practicante a mantenerse en el "aquí y ahora". Es como si el místico tuviera que llevar una fase previa en la que ha alcanzado una profunda reorganización de la personalidad al enfrentarse con sus problemas y ganar una mayor introspección en ellos. Así, al desprenderse de los criterios y convicciones a los que tan férreamente nos agarramos y que tanto nos fosilizan, propicia el cambio. La iluminación asalta bruscamente al hombre y ejerce los efectos de una verdadera catástrofe espiritual: todos los iluminados coinciden en este punto. Su sentido de la responsabilidad y su razón, sus virtudes y su conciencia, sus convicciones, los criterios y los juicios de valor sobre los cuales se fundaba su vida, de improviso, no sirven ya de nada. El cambio se ha producido. Pero, ¿qué es lo absoluto?. Y, ¿en qué consiste la experiencia mística?. No hay forma de explicarlo y menos de demostrar nada. Existen numerosos ensayos que, desde todas las disciplinas posibles (psicológica, teológica, lingüística), nos facilitan la comprensión, pero la percepción definitiva la dará la experiencia directa, única para cada ser humano. Ninguna religión, ningún método vale universalmente. En cada tiempo y cultura la corriente que mande impondrá sus procedimientos, pero el camino es individual. Hace poco, oí a Antonio Mas, nombrado más arriba, comparar el periodo de rehabilitación de los alcohólicos y drogadictos con el proceso místico. Decía, entre otras cosas, que en las reuniones nunca hablan de ideas, sólo de experiencias. Tratar de mística sin ser un experto, requiere, al menos, una cantidad aceptable de atrevimiento. No lo puedo evitar: Cuando estoy delante de una obra de semejante calado ¾una pintura, un libro, un gesto...¾, cómo me sobrecoge percibir la excelencia en el ser humano. Marisa Lamarca Abril-2000 BIBLIOGRAFÍA Textos místicos orientales: -Las iluminaciones de la Meca.- Ibn 'Arabi.- E.Siruela.- 1996.- Edición y traducción de Víctor Pallejà. -Los Tres Pilares del Zen.- Philip Kapleau.- Editorial Diana.-1975 (Existe una edición actualizada) -Budismo Zen.- D.T. Suzuki .- Editorial Kairós.- 1986.- Traducción A. López Tobajas. -Las lecciones de Dürckheim.- Jacques Castermane.- E. Luciérnaga.- 1989.- Traducción Susana Rodríguez -El Camino del Zen.- Eugen Herrigel.- E. Paidós.- 1980.- Traducción M. Resano y T. Castelli Textos de mística occidental: -Castillo Interior.- Teresa de Jesús.- Editorial Monte Carmelo.-1990.- Tomás Álvarez y Antonio Mas (editores) -Poesía.- San Juan de la Cruz.- Ediciones Cátedra.- 1990.- (edición de Domingo Ynduráin) -Hermenéutica y mística: San Juan de la Cruz.- José Angel Valente, José Lara Garrido (editores).- Editorial Tecnos.- 1995 -Juan de la Cruz. Silencio y creatividad.- Rosa Rossi.- Editorial Trotta.- 1996