Carreteras 2/4

de Sergio Borau Llop.

Carreteras
LAS CARRETERAS
Sergio Borao Llop
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- Sí, ya he visto alguno de esos tramos abandonados – le interrumpí. La curiosidad había vencido a la impaciencia que tan sólo unos minutos antes despertara en mí su incesante charla - ¿Cómo es posible que sus ingenieros, por numerosos que sean, puedan idear tal cantidad de proyectos?

- Hace mucho tiempo, cuando nuestras carreteras eran pocas y su pavimentación rudimentaria, nuestros ingenieros, al ser escaso su número, se veían en la imposibilidad de realizar una red vial que pudiese competir en eficacia con otras más modernas. La Organización, entonces, puso en marcha un plan revolucionario: Solicitó la colaboración de los ciudadanos, conocedora del viejo adagio que asegura que en cada hombre se esconde un ingeniero en potencia. Para provocar una mayor reacción popular, la Organización propuso premios en metálico para todos aquellos que presentasen un proyecto viable. Las cartas llovieron desde entonces sobre la Oficina Central. La mayoría de los proyectos presentados eran manifiestamente absurdos: Carreteras que atravesaban el continente, de un mar a otro, sin otro propósito que el de comunicar dos puertos inexistentes; carreteras que giraban interminablemente en torno a una montaña hasta llegar a la cima, en la que no había nada; carreteras que rodeaban vastísimas regiones para unir pueblos vecinos; carreteras sinuosas e infames atravesando ásperos desiertos; carreteras que iban a morir en lagos helados a inconcebible altura; carreteras ascendentes hasta el infinito, como rectilineas torres de babel; carreteras que descendían hasta abismarse en las negras profundidades de la tierra, creando un túnel de incognoscible final; carreteras en constante ramificación que permitirían llegar hasta los más recónditos rincones de nuestra geografía, pero que dificultarían en demasía el regreso; carreteras con rampas tan empinadas que ningún automóvil podría subir por ellas; carreteras estrechas como rueda de bicicleta y otras tan anchas como el valle por el que estaban destinadas a discurrir; largos túneles y grandiosos puentes sin ninguna utilidad y un interminable rosario de despropósitos por el estilo. Algunos de estos proyectos, a pesar de su evidente estupidez, llegaron a aprobarse, pero en su mayoría hubieron de ser abandonados poco después del comienzo de las obras. Hubo uno en particular que despertó la expectación de los funcionarios y provocó toda suerte de comentarios, llegando por fin a oídos de la opinión pública. Muy pronto, la idea tuvo sus defensores y detractores, levantando una fuerte polémica. Todas las obras en curso se paralizaron. En las calles, en los cafés, en las fábricas, en las oficinas y en las peluquerías no se hablaba de otra cosa. Varios miembros del gobierno se vieron obligados a presentar su dimisión y en el seno de la Organización surgieron discrepancias tan profundas que provocaron innumerables disensiones. En breve plazo se vieron enfrentadas las dos facciones que habían surgido a causa del maldito proyecto y el país entero se vio envuelto en una lucha fratricida que se resolvió con una ingente cantidad de muertos y con la anulación total y definitiva del proyecto que había causado la contienda y la ejecución pública del hombre que lo había diseñado.

- ¿De qué se trataba?

- Olvidé mencionarlo. Consistía en una carretera circular, sin principio ni fin, que abarcaría la casi totalidad del país. Estaría elevada por encima de todas las demás y sólo sería accesible mediante un carril de aceleración móvil, que sería retirado una vez cumplida la misión de integrar al vehículo en el círculo sin fin. Se le llamó “proyecto Moebius”. No se contempló la existencia de carriles de salida. Afortunadamente, fueron los enemigos de tal idea quienes triunfaron. De haber prosperado, ni siquiera nosotros, los Habitantes, hubiésemos quedado a salvo del interminable anillo, pues el carril de aceleración propuesto no hubiese diferido sustancialmente de cualquier carretera normal, de modo que se convertía en imposible determinar el momento en el que uno podía verse atrapado en la ruta infinita. Después de concluida la sangrienta guerra a que nos vimos abocados, la Organización decidió retirar las subvenciones populares, pero muchos ciudadanos, ya fuera por auténtico civismo, por afán de protagonismo o por mera inercia, siguieron enviando todos los días cientos y cientos de proyectos, muchos de los cuales fueron quemados, no sin antes haber sido meticulosamente estudiados y confrontados con los que ya se habían realizado y con los que se hallaban en vías de construcción.

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