Carreteras 4/4

de Sergio Borau Llop.

Las Carreteras
LAS CARRETERAS
Sergio Borao Llop
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Me sentía derrotado, aturdido. Sólo quería irme, marcharme de allí lo más deprisa posible, llegar a mi destino o a cualquier otro lugar donde pudiese descansar de tan fatigosa jornada. No obstante, seguía teniendo la misma necesidad de respuestas.

- Por lo tanto -dije- ¿cree usted que siguiendo esta carretera llegaré a G. más tarde o más temprano?

- Lo único cierto es que siguiendo esta carretera llegará usted a algún lugar que, con toda certeza, le gustará. ¿Qué importa, entonces, el nombre de ese lugar? Nuestro país cuenta con gran número de bellezas artísticas y espacios culturales, así como con grandiosas obras arquitectónicas de diversos estilos. No hay un lugar que no pueda ser calificado de idílico o cuando menos, tildado de agradable. Contemple, por ejemplo, el paisaje que desde aquí se divisa. ¿No es hermoso ese riachuelo que corre allá, al fondo del valle, saltando entre las piedras y deslizándose sensual sobre su estrecho cauce? Y ese césped que cubre aquella ladera ¿no es más verde y de apariencia más fresca que cualquier otro que haya visto antes? Y el cielo y las aves, y la neblina que oculta los montes más lejanos ¿no le conmueven acaso con una intensidad desconocida?

- Sí, todo es cierto. Pero debo llegar a G. Me esperan. Quizá puedan sentirse inquietos por mi retraso. Tal vez lleguen a pensar que he sufrido un accidente o peor: que jamás emprendí el viaje.

- Pero ¿en verdad está usted tan seguro de que le esperan? ¿Puede afirmar que aquellos a quienes busca hayan llegado a G? ¿Cómo podrían estar seguros de ello? Y aunque llegue usted a ese lugar, y aun cuando consiguiera llegar hoy mismo, ¿cómo sabrá que se halla efectivamente en G. y no en otra parte?

- Sus habitantes me lo confirmarán

- ¿Sus habitantes? Veo que ciertamente lleva usted poco tiempo entre nosotros. En ningún sitio quedan personas nativas, y por lo tanto, nadie sabe con certeza donde se encuentra. No obstante, la presencia de un determinado lugar tiene tanta fuerza en el subconsciente que no hay nadie que no intuya con claridad donde se halla. Pero sólo la Organización puede verificar la situación concreta de cada localidad. Sin recurrir a los documentos existentes en el Archivo Central, nadie puede afirmar ni negar el nombre del lugar en que se encuentra, lo que evita cualquier discusión a ese respecto. Por desgracia, tales documentos son inaccesibles. Créame, su única posibilidad es conducir sin descanso hasta llegar a una población. Si en ella, además, encuentra a las personas que está buscando, pues tanto mejor. En caso contrario, siga intentándolo, hay muchas posibilidades de que lo consiga, y aun si no lo logra, no hay motivo para el desánimo. Existen otros lugares y otras personas. Disfrute de cuanto halle en el camino y espere; tenga paciencia. Un día llegará por fin a su destino. Justamente el día que le haya sido señalado. Al llegar, lo reconocerá de inmediato y una gran calma invadirá su espíritu. Entonces los nombres habrán perdido todo significado. Sabrá que está en el sitio exacto y eso bastará.

- Y usted ¿de dónde viene? ¿a dónde se dirige?

- Salí una mañana de N. y voy camino de T. Espero llegar antes de que anochezca. Después quizá sea demasiado tarde y ya no pueda encontrar la senda. En consecuencia, debo marcharme. Buena suerte y hasta siempre.

- Gracias por todo -logré gritar mientras se alejaba- No me ha dicho quién es usted pero ya el hombrecillo se había perdido tras la siguiente curva y yo tenía la certeza de no volver a verlo nunca más. Mi voz resonó hueca y grotesca en medio de la soledad que ahora empezaba a sentir como algo triste y sólido y pesado. Me introduje en el automóvil, di el contacto y aceleré a fondo. El coche arrancó con un ligero chirriar de neumáticos y levantó una pequeña nube de polvo que se disipó en pocos segundos. Al fondo, muy lejos, se veía un pueblecito. Me pregunté si podría llegar a él sin dejar la carretera. Comprobé con sorpresa que había dejado de importarme si aquel era o no el pueblo que buscaba y pensé, quizá por última vez, en la apacible sonrisa del hombrecillo, en sus modales quietos y agradables, en el dulce sonido de su voz que, ahora que pensaba en ella, me recordaba el fresco gorgoteo de las cascadas y el canto sublime de las aves y el viento. Me pregunté de nuevo quién sería aquel hombre, justamente un instante antes de olvidar su rostro para siempre y concentrar mi atención en la monótona superficie asfaltada que se extendía bajo las ruedas atravesando el valle adormilado.

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