El hombre que se cagó a sí mismo 4

Relato por Fernando Luis Pérez Poza

cronista

El hombre que se cagó a sí mismo
Fernando Luis Pérez Poza
página 3/4

El "apagao", que como consecuencia de la deshidratación era ya en apariencia una silueta más delgada que el perfil de un medallón, percibió que se le empezaba a dar la vuelta la piel y que poco a poco su funda de mortal se iba poniendo del revés. En una chispa incontrolada de romanticismo, sintió como el sol de mediodía, a través de los reflejos que se filtraban por la ventana del retrete, se le eternizaba en las mejillas. Se percató de que, por momentos, le fallaba la memoria y las escenas que formaban parte de su pasado desaparecían en el cerebro como en medio de una espesa niebla. O que los recuerdos que integraban el vademécum de su existencia, como imágenes color sepia de un retrato de otro siglo, se quedaban detenidos en el aire.

Una ventana a la esperanza se dibujó en su maltrecho corazón al escuchar, a lo lejos, el ruido de la puerta de la calle al ser abierta y cerrada. En sus oídos resonó el eco de los tacones de una mujer deslizándose sobre los terrazos del suelo a través del corredor del inmueble. Sí, era su mujer, que regresaba a casa. Pronto entraría en el cuarto de baño o atendería su petición de socorro, lo encontraría en aquella tenebrosa situación y llamaría a una ambulancia. Sí, ella lo salvaría. No cabía duda. Su mujer le ayudaría a evitar el cruento desenlace que todos los brujos y adivinos del lugar habían vaticinado el día de su nacimiento.

Pero cuando intentó lanzar un S.O.S. desesperado la voz se le quebró desde el primer intento. Todo el fuelle se le estaba saliendo por un lugar donde carecía de cuerdas vocales para modular. Una y otra vez volvió a intentar pedir auxilio. Con la voz que ya no sonaba, con los puños que ya carecían de fuerza para golpear la bañera, con los pies ya incapaces de levantar los zapatos. En un momento de desesperación se acordó del lenguaje Morse, aprendido cuando pertenecía a los boys scouts, y se propuso acomodar los sonidos que emitía a través de su atribulado esfínter al de un S.O.S en dicho lenguaje, pero lo único que consiguió fue la repetición de unos murmullos tan finos y débiles como los chirridos de una bisagra mal engrasada. Nada. Ni siquiera viento le quedaba ya dentro para comunicar a la amada su agónica situación.

Con el ruido de unos pasos que se alejaban y la puerta de la calle que se cerraba, todas sus esperanzas de salvación se derrumbaron al igual que un castillo de naipes al recibir el impulso de una leve brisa. Su mujer se marchaba de la casa y lo dejaba solo, abandonado a su destino, diluido en el cúmulo de sus últimas miserias existenciales, convertido en el apestoso horror de su propia mierda.

A cada golpe de retortijón, Venancio Cienfuegos tenía la sensación de ser una lavadora en la que se está preparando una inmensa colada y cuando por fin conseguía aliviarse le sobrevenía un espanto tan aterrador como el de una mujer a la que acaban de robar la virginidad. Muchas veces había sido vencido por las almorranas, hasta el punto de que cada vez que iba a cagar le parecía que llegaba su San Martiño. Se lo pasaba tan mal en aquellas situaciones que había instalado el equipo de música en el servicio y solía poner el himno de la legión a todo volumen para infundirse valor y que no se escucharan en el exterior los alaridos que pegaba. Pero en esta ocasión el flujo de los acontecimientos superaba con creces todas las experiencias padecidas.

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