Pan de Oro 3.

Luisa Miñana

Cronista


     Toda la vida, aún después de casarme a mi vez, he continuado viviendo en la casa familiar de la calle San Pablo, donde durante mucho tiempo casi todo siguió igual que el día de mi nacimiento, exceptuada la presencia de mi padrastro y de mis dos nuevos hermanos, con los que tuve gran afinidad, aunque nunca consiguieron paliar mi condición sentimental de huérfano, ya que civilmente no lo fui en efecto desde el nuevo casamiento de mi madre. Mi padrastro, que se hizo cargo con mucha voluntad de mí y de los otros hijos de mi padre y del que he heredado el oficio de comerciante, quiso instalar su almacén en los bajos de la casa, que ocupaba el taller de escultura de mi padre. Mi madre se negó. Y allí siguió la habitación, varada, lugar privilegiado de juegos para mis hermanos y para mí. Tampoco consiguió mi padrastro que nos mudáramos de casa, por lo que él tuvo que buscar otro alojamiento donde ejercer sus tratos con trigo, aceite y vino, ya al lado de la ciudad vieja, frente al mercado y a la puerta de Toledo, en la esquina de la calle de la Sal.

     Como a veces andaba fuera de Zaragoza durante días, yo aprovechaba sus viajes para pensar que él también había muerto, como mi verdadero padre. Nunca se lo conté a mi madre, aunque yo creo que me hubiera entendido. He tenido siempre remordimientos, porque la invención infantil se hizo realidad pocos años después, justamente cuando mi padrastro acababa de iniciarme en el negocio familiar, del que tuve que ocuparme enteramente antes de lo previsto y muy a mi pesar, pues desde pequeño lo que me gustaba era trastear con las gubias, los cinceles y los pedazos de madera que conservábamos en lo que fue el obrador de mi padre. A María de Heredía se le ponían los pelos de punta. Tenía la convicción de que tanta estatua y tanto retablo tallados por su primer marido no le habían servido a éste sino para vivir en un continuado desasosiego que de ninguna manera quería para ninguno de sus hijos. Y aunque yo me pasaba las horas muertas mal despellejando tocones, mi madre se negó rotundamente a confiarme a ningún maestro imaginero que me enseñara decentemente el oficio. Mas bien apremió y acosó a mi padrastro para que mejor antes que tarde me llevara a sus negocios y a alguna de sus salidas fuera de la ciudad: se trataba de que le cogiera afición a esto del comercio. He de admitir que al final la adquirí, aunque para entonces mi mentor ya había fallecido. La necesidad no fue ajena a este resultado tan deseado por mi madre.

Calle

El hijo del imaginero

Volver a la página anterior Pasar a la página siguiente

Volver a la portada de El Cronista 7

Pulsa en el icono para ir a portada

© 2002 El Cronista de la red 7.0

El Cronista de la Red es una revista interactiva creada con contribuciones voluntarias a través de Internet desde el año 2000. Abarca literatura en todas sus versiones, ilustraciones y dibujos, música y cualquier actividad considerada de interés.