Pan de Oro 4.

Luisa Miñana

Cronista

     Debo añadir que a ésta no le faltaban razones para sentir aversión por la profesión artística. Mi padre se había ido de este mundo mal encarado con más de la mitad de la humanidad, la cual nunca supo reconocer sus verdaderos anhelos y le obligó obra tras obra, encargo tras encargo, a repetir fórmulas y formas, y rostros y gestos que llegó a aborrecer. La enfermedad que le sepultó era, según los doctores, de carácter nervioso, y según mi madre su trabajo y sus continuados berrinches y frustraciones debieron tener mucho que ver en que se le declarara el mal y en que lo hiciera con tal gravedad que terminó matándolo. No acabaron aquí las desgracias. Si mi madre impidió que yo entrara como aprendiz de imaginero, mi padre, un año antes de morir, había dispuesto todo lo contrario para mi hermano Juan, encomendándolo a su compadre y padrino del muchacho, Tomás de Berasátegui, también maestro de retablos y de imágenes, además de marido de mi madrina Agustina López. Mi hermano en verdad fue un magnífico escultor, tempranamente reconocido tanto por sus colegas como por quienes pagaban su trabajo, y no le faltaron encargos importantes enseguida, como la que sería su última obra, el retablo del señor san Bernardo que le mandó hacer su excelencia el arzobispo don Hernando. Parecía que él iba a enderezar en alguna forma la suerte de mi padre, porque manteniendo la pureza de estilo y apegado al espíritu clásico conseguía el aprecio y los elogios que aquel no logró nunca, sino cuando renunció a ello y se entregó a expresiones más extrovertidas y tortuosas, tan apreciadas por la piedad sentimental de la sociedad al uso. Tal y como suele decirse, en el fondo nunca se sabe cómo acertar. Sin embargo, Juan murió también, con tan sólo veintitrés años, de una repentina y fulminante infección que se lo llevó en días. La sala baja de nuestra casa, el taller de mi padre, que mi madre se había empeñado en resguardar por respeto y porque además era la herencia de mi hermano, y donde éste se había instalado consiguiendo revivirla, fue entonces verdaderamente clausurada. Nadie pudo volver a entrar en esta habitación hasta después de la muerte de mi madre. Quiero aclarar que ella no lo sabía pero en su corazón era tanta la animosidad como la admiración hacia el arte de la escultura y la mazoner&iac ute;a. Sus sentimientos mezclaban actitudes de reverencia y distancia, típicamente propias de alguien que no terminaba de entender ni las razones ni los mecanismos de las artes. En cualquier caso todo era para ella un poco mágico, porque las imágenes parecían surgir desde otras dimensiones, oscuras y divinas, manejadas con habilidad por las manos de su marido, de las que se desprendían luego para tener como un aliento propio que no dejaba de asustarla. Yo creo que en el caso de María de Heredia habría que hablar de una emoción intensa e incontrolada, algo así como el convencimiento de que al casarse con mi padre se había situado bajo la influencia de una maldición de la que luchaba por escapar con todas sus fuerzas. Y desde luego no iba a consentir que yo también me adentrara en esas medias luces por nada del mundo. A mi entender, estaba rotundamente equivocada: yo podía haber sido un amable y feliz artesano constructor de retablos en esta ciudad, tan parecida a las de Italia según dicen los viajeros que la frecuentan, aunque no sea verdad, y con los que me entretengo muchas veces hablando en mi almacén o junto al atrio de la iglesia de Santiago, lugar de reuniones frecuentes y a menudo agitadas, porque es tradición que hasta aquí venga a congraciarse la gente desunida. O sea que tal como manejo trigo o aceite, y voy y vengo, y me considero un ser afortunado, igual pudiera haber seguido mi primera y natural inclinación al trabajo de la madera y el barro y la piedra sin haberme considerado jamás maldito ni un desarraigado, sino que hubiera así también vivido conforme y satisfecho, de la misma manera que tantos otros dedicados aquí a la imaginería o a la pintura, que cumplen con su trabajo con más o menos perfección según sus méritos y cualidades. Mi madre pensaba que el aire de la desgracia llegaba desde fuera. Pero no es eso. Mi padre hubiera sido infeliz en cualquier circunstancia, y mi hermano hubiese muerto en todo caso. Por no hablar del azar, al que yo, debido a los avatares de mi profesión, bien conozco y le guardo considerado temor. Pietro Milano no proyectó en su juventud terminar sus días en Zaragoza. Ni siquiera se llamaba Milano. Se le conoció con ese apodo en esta ciudad como una manera de individualizarle por su origen y procedencia. Es una costumbre muy implantada. Milano se convirtió finalmente en mi apellido y es el de mis tres hijos y así será hasta que nuestra estirpe se extinga, sin que jamás haya yo sabido el verdadero nombre de mi familia, que ya dejó de serlo, por no ser dicho. Otra muestra más del respeto debido al azar, dueño de delinear vidas o apagarlas.

El hijo del imaginero

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