Pan de Oro 5.

Luisa Miñana

Cronista

     Sé que mi padre llegó a Milán desde la pequeña y cercana villa de Lodi, donde había nacido, y sé también que por entonces tenía entre quince y dieciocho años. Algunos colegas de profesión que en Zaragoza le trataron mucho y alcanzaron luego a tratarme a mí, y especialmente su compadre Berasátegui, me contaron que él siempre habló con gran admiración del fresco que en este tiempo el renombradísimo pintor Leonardo da Vinci llevaba a cabo en la iglesia de Santa María de la Gracia, representando una santa cena que Pietro Milano no olvidaría nunca. De hecho fue a Milán en compañía del que era su maestro en Lodi, en una botiga de piedrapiqueros, el arquitecto Giovanni Battagio, para ver a Leonardo pintar, porque la fama de la cena llegaba ya a muchos lugares, no sólo por su hermosura, sino también porque se decía que en alguna cosa esa obra estaba signada malamente. Animado por la gran actividad social y artística que se respiraba, mi padre se quedó en Milán decidido a salir adelante en esta ciudad que entonces tenía todavía confianza en sí misma, aunque por poco tiempo, si bien eso él no podía saberlo.

     He oído que los primeros años del siglo hubo gran incertidumbre en la región del Milanesado y en Italia en general. Nada que ver con la época anterior, cuando grandes artistas como el mismo Leonardo, o el gentil arquitecto Bramante, a las órdenes de quien anduvo mi padre un breve tiempo participando en las obras de la ornamentación del coro de Santa María de la Gracia, trabajaron en Milán al amparo del gobierno y las iniciativas del señor Ludovico el Moro. Pero a mi padre le tocaron los años malos, e ingresó en las responsabilidades y aspiraciones de la vida adulta en medio de continuas guerras, de las que nada sabía. Feo asunto. La juventud pide puertas al futuro, y la guerra las atranca de golpe. Aunque no todas. Porque precisamente las contiendas que nos llevábamos españoles y franceses en Italia por aquellos tiempos tuvieron en Milán escenario principal y excusa aparente, por ser la región paso medianero entre el resto de Italia y Europa, y en alguna manera fueron la causa de que finalmente mi padre terminara estableciéndose en Zaragoza. Él quería por encima de todo trabajar y prosperar, tener su taller y su gente, contratar sus propios encargos, esculpir su pedazo de vida. Pero ya pronto fue consciente de todas las dificultades con que tropezaba. Italia era un volcán. En Milán tornaron los tiempos, que ya no estaban para muchas alegrías ni muchos dispendios artísticos. Y en otros lugares de Italia la competencia era difícil de superar, por no hablar de Roma, meta de casi todo el mundo y donde había tantos genios y tantos casi genios intentando entrar al servicio del Papa o de la nobleza que era impensable para alguien como mi padre marchar allí a abrirse hueco. Entonces llegó la oportunidad de venir a Aragón. Lo explicaré.

     Juan de Lacasa era un curioso personaje dedicado con sagaz ahínco al comercio, cuyas actividades y viajes por distintos países eran aprovechados en no pocas ocasiones para desempeñar alguna que otra misión no demasiado confesable en el mundo de la intriga política. Su fácil disponibilidad sería recompensada, después de que Carlos I jurara los fueros para ser rey de Aragón, con su pertenencia al consejo real. A Milán llegó aquella vez con el encargo de contactar con los principales nobles locales opuestos al dominio de los franceses, que se habían vuelto a hacer con la región hacía poco tiempo, y alentar una posible revuelta que apoyarían a continuación fuerzas españolas y del papado. La tentativa no llegó a nada de momento, pero determinó el resto de la vida de mi padre, ajeno por supuesto a todas esas maquinaciones aunque enredado circunstancialmente en ellas.

El hijo del imaginero

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