Pan de Oro 7.

Luisa Miñana

Cronista

     Todo parecía comenzar bien. Después del viaje realizado bajo los designios de un invierno riguroso, mi padre y Juan de Lacasa llegaron a Zaragoza algo antes que la comitiva del propio rey Carlos, quien tenía que ser coronado en Aragón. Imagino la impresión que le causaría la ciudad conforme iba poblándose de gentes importantísimas, trasegando entre plazas y palacios, renovando con su presencia la apariencia de las calles y casas, que se acicalaban especialmente para albergarles, e introduciendo en el cotidiano transcurso de las cosas un paréntesis de celebraciones, festejos y expectativas que se creería fuera a durar para siempre. Mi padre tuvo que pensar que aquí se abriría ciertamente camino sin muchas dificultades. Y así fue en un principio, a pesar de que la competencia entre escultores y pintores era grande por entonces en la ciudad y nadie podía descuidarse en ese sentido porque era muy fácil ser desplazado por otro en las preferencias de la gran sociedad. Luego, pasados los primeros tiempos e impresiones mi padre tuvo que darse cuenta de que esto no era Italia, y que los principales dedican su dinero fundamentalmente al ornato piadoso de las iglesias, o que cuando alguna vez mandan hacer pinturas o esculpir bultos para sus casas, también la mayoría de las veces son imágenes con las que únicamente se quiere satisfacer el más precario sentimiento religioso, sin otra aspiración tendente por ejemplo al placer que proporciona la franca contemplación de algo hermoso. Y cuando alguno posee figuraciones paganas de actitudes muy explicitas raramente son expuestas en las estancias más frecuentadas; hoy en día, después de las nuevas ordenanzas de Trento, muchos menos aún que antaño. Esta forma de trabajar constreñida y pacata no satisfacía el orgullo del escultor y arquitecto Milano. Por eso no tiene nada que ver lo que de su taller salió hacia diferentes villas del reino con algunas de las obras que yo he conservado en mi casa a buen recaudo. Ya hubo bastante con el lío de los dibujos de desnudos, digamos poco pudorosos, que alguien mal intencionado sacó de la casa de mi padre e hizo llegar hasta las personas menos apropiadas. Fue un gran disgusto que dio lugar incluso a algún lance de sangre y a que la Inquisición pusiera el ojo en la familia, aunque no se tomó la cuestión demasiado a pecho afortunadamente. Tengo que añadir confidencialmente que la madre de mis hermanastros era de la familia San Juan, cristianos recientes, y si ello no incomodaba mucho normalmente, siempre era una buena excusa a añadir cuando surgían otras vicisitudes. Tomás de Berasátegui me contó una vez lo que pasó, y sé que la carrera de mi padre sufrió por todo ello. Durante un tiempo no hubo mucho trabajo, y únicamente en los últimos años de su vida, cuando las aguas volvieron al cauce, dispuso de nuevo del favor de una buena parte de los señores eclesiásticos y de algunos burgueses y nobles que renovaron sus encargos de retablos y capillas. Es un asunto del que prefiero no hablar mucho, en parte porque me llena de ira y en parte porque quién sabe si no podría volver a perjudicar de alguna forma otra vez a mi familia. Soy un hombre que cuida su posición. Pedro Milano era al parecer mucho menos práctico y más generoso en sus reacciones y actitudes personales. Si no llega a ser por la directa protección del señor de Lacasa y la simpatía con que algunos miembros del clero de Aragón, como el señor obispo Conchillos de Tarazona, le miraban por entonces hubiese tenido muchos más problemas debido a las cuestiones que cuento y que en realidad él mismo, claro está, provocaba, y eso no terciaba bien con sus intenciones de construirse aquí una vida de cierto éxito.

     Mi padre debió ser una pura contradicción. Hay mucha gente que no puede evitarlo. Pedro Milano era, no me cabe duda, de los que necesitan el reconocimiento público para estimarse a sí mismos y para confiar en sus propios logros. Pero también era de los que se niegan a pagar el tributo que los demás exigen a cambio. En esta ciudad tan hermosa, pero tan provinciana, raramente se tiene en consideración una obra de arte por sí misma, por su valor estético o su capacidad de conmover al espectador, sino más bien por cómo se pliega al gusto predominante y contribuye al lucimiento social de quien la costea. Es así. Repito que esto no es Roma, ni Florencia, donde, aunque sucede en el fondo lo mismo, por lo menos nobles y burgueses poseen un relativo buen juicio en el campo de las artes, y hasta algunos son muy hábiles entendidos en estos asuntos, según me cuentan mis colegas italianos. Mi padre habría debido dejarse de lamentaciones y apreciar en su valía haber podido llevar una vida digna en una ciudad que al fin y al cabo hizo aprecio de su trabajo. Eso es lo que decía mi madre cuando hablaba de él. Yo no estoy muy de acuerdo.

El hijo del imaginero

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